sábado, 6 de julio de 2013 | By: Unknown

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

En este punto, las bienaventuranzas cambian un poco el enfoque, ya no es el individuo en presencia de Dios, sino Dios mismo y su Palabra. En las tres anteriores, la persona se ve a sí misma, examina su interior, se da cuenta de lo insignificante que es delante de Dios, llora por sus pecados y decide asumir una actitud mansa. Entonces empieza su búsqueda, la verdadera búsqueda del discípulo: la justicia de Dios. Esta justicia incluye dos aspectos: la justificación por gracia, es decir, el perdón de sus pecados, y la santidad, una vida dedicada a mantenerse libre del dominio del pecado.

Mat 5:6 “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.”

Tener hambre y sed de justicia es lo natural después de haber adquirido conciencia de la pobreza espiritual, de haber sentido el dolor por el pecado y de haber suavizado el corazón. Sin embargo, vemos muy poco de eso en nuestras iglesias. Sabemos que el individuo carnal tiene hambre y sed de felicidad, bienestar, riquezas, etc. Pero el creyente que no ha transformado su mentalidad no busca nada distinto, desea la bienaventuranza, el gozo, la paz, las bendiciones. Todo eso viene por añadidura, pero no es la meta principal del discípulo. Si en verdad hemos sido transformados por la sangre de Cristo, nuestro deseo y anhelo será vivir en justicia y santidad.

Antes de seguir hablando de esta bienaventuranza, necesitamos hacer una pausa para examinarnos de nuevo, cada uno como individuo, y también como conjunto. ¿Cómo está la iglesia hoy en día? Creo que vivimos en una época trágica, en la que hay millones de creyentes, pero muy pocos discípulos de Cristo. Muchos ponen su confianza en que Dios les va a dar lo que necesitan, pero no viven de acuerdo con la voluntad de Dios. En lugar de pobreza espiritual, hay autosuficiencia. En lugar de dolor por el pecado, hay arrogancia. En vez de mansedumbre, hay conflicto. Y en todo ello hay una desobediencia generalizada, egoísmo, falta de amor fraternal, dureza de corazón. ¿Por qué hay tanta falsa doctrina? Muy simple, la gente no tiene hambre y sed de justicia, y por eso buscan falsos maestros que les digan lo que quieren escuchar. Quieren la salvación, pero no la que es por gracia, sino una barata, que no les cause incomodidad, que no los confronte con su necesidad de Dios, ni con su pecado. Quieren la libertad que promete Cristo, pero sin la obediencia a su palabra, sin tener que morir a sí mismos y cargar su propia cruz.

Santiago 4:1-4 dice:
"¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra. No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones. ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios.” 
No somos diferentes al mundo. Hay conflictos amargos entre hermanos, hay quienes odian a todo el que piense distinto o tenga otra doctrina. Nos insultamos, nos criticamos sin misericordia. Anhelamos paz, oramos día y noche por ella y no la alcanzamos nunca, porque no tenemos hambre y sed de justicia. Hasta que no entendamos nuestra necesidad de rendirnos ante el Señor y permitirle transformar nuestra mente, como dice en Romanos 12:2, la vida cristiana será una carga, y ni siquiera tendremos la salvación garantizada.

Apocalipsis 3:14-22, una escritura muy citada, pero poco comprendida, dice:
“Escribe al ángel de la iglesia de Laodicea: Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el soberano de la creación de Dios: Conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca. Dices: ‘Soy rico; me he enriquecido y no me hace falta nada’; pero no te das cuenta de que el infeliz y miserable, el pobre, ciego y desnudo eres tú. Por eso te aconsejo que de mí compres oro refinado por el fuego, para que te hagas rico; ropas blancas para que te vistas y cubras tu vergonzosa desnudez; y colirio para que te lo pongas en los ojos y recobres la vista. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo. Al que salga vencedor le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono, como también yo vencí y me senté con mi Padre en su trono. El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” 
Este pasaje describe a la mayoría de las iglesias que conocemos, que tienen un pie en el reino de Dios y otro en el mundo. Describe a muchísimos creyentes que se sienten seguros de su salvación, pero no han nacido de nuevo, su conversión fue superficial y no trajo ningún cambio en su carácter. El tibio se cree cristiano, pero vive bajo la guía de su naturaleza carnal. No es radical, es de los que dicen: “no soy tan malo como los demás, solo peco un poquito, no como otros…” No tiene conciencia de su pobreza, de su indigencia espiritual. Algunos tibios se sienten ricos porque tienen más conocimientos bíblicos que la mayoría, pero eso de nada les sirve, porque no ponen en práctica lo que saben.
Sin embargo, en medio de las duras palabras de Jesús, hay amor por estos cristianos autoengañados. El Señor reprende y disciplina a los que ama. Jesús está esperando que, quienes decimos que creemos en él, lo recibamos como Señor en nuestro corazón y nuestra vida, decidamos sentarnos a la mesa con él en intimidad, alimentándonos de su Palabra. Este pasaje es solo para cristianos, no tiene nada que ver con la conversión, como se dice popularmente. Acá de lo que se trata es de someterse al señorío de Cristo, obedecer sus mandatos, ser transformados en la manera de pensar. Tener hambre y sed de la verdad, de la justicia de Dios, tener anhelo de obedecer, solo es posible cuando el cristiano deja de ser un simple creyente y se vuelve discípulo de Jesús. Ahí es donde comienza la transformación.

Tener hambre y sed de justicia es desear la santidad propia de quien vive como Cristo, es querer vivir en comunión con el Padre, en total intimidad, caminando bajo la guía del Espíritu Santo. Esto es algo que nadie puede alcanzar por sus propios medios, es imposible. Pero también es sumamente fácil de obtener, porque Dios lo concede gratuitamente a quienes lo buscan.
El cristiano que tiene hambre y sed de justicia pone su mirada en Cristo. Anhela verse libre del dominio del pecado, dejar de ser esclavo de su naturaleza carnal, pero se da cuenta de que por sí solo no puede. Necesita a Jesús. Una cosa hermosa acerca de esta bienaventuranza es la promesa de satisfacción. Como el hambre y la sed físicas, que no cesan hasta que son saciadas, pero vuelven otra vez, así son el hambre y la sed espirituales. Y en Dios tenemos la satisfacción constante.
El verdadero cristiano se reconoce claramente en esta bienaventuranza. Sabe que para estar en la presencia de Dios debe ser perfecto, completamente libre de pecado, y esa perfección es inalcanzable. Pero acá es donde Cristo interviene para darnos de su perfección, toma nuestros pecados y nos reviste de su justicia. Es en Cristo que logramos cumplir los requisitos para la reconciliación con Dios. Si no entendemos esto, no podemos llamarnos cristianos. Este es el centro de toda la doctrina cristiana, la justificación por medio de la fe en Jesucristo.

Pero aún hay otro aspecto en el que se demuestra que estamos en la senda de la verdad, somos saciados en nuestra hambre y sed de justicia cuando nuestra vida manifiesta el fruto del Espíritu Santo, cuando empezamos a ver transformaciones en nuestro carácter. Fuimos renovados, nacimos de nuevo y tenemos una vida plena de amor y libertad. Nuestros antiguos pecados fueron perdonados y tenemos esperanza para seguir derrotando toda tentación que se nos presente. Nos alegramos en las pruebas, y hasta cuando nos caemos, nos levantamos con actitud agradecida.
Cuando somos saciados con la justicia de Dios, nuestras vidas se vuelven sal y luz. Al inicio les decía que vivimos en una época trágica para el cristianismo, porque hay millones de creyentes pero muy pocos verdaderos discípulos. También creo que esta época es extraordinaria, porque en el estado actual de nuestra religión, los verdaderos cristianos, aunque sean pocos, se hacen notar. La diferencia es en muchos casos abismal.
Dice en Mateo 7:28-29:
“Cuando Jesús terminó de decir estas cosas, las multitudes se asombraron de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tenía autoridad, y no como los maestros de la ley.” 
En tiempos de Jesús, había maestros que hablaban de las Escrituras de una manera casi vacía, gris, aburrida e incomprensible. Pero cuando la gente oyó a Jesús enseñando las mismas Escrituras, quedó maravillada. La palabra de Dios cobró sentido para ellos, se hizo clara y vívida.
Un reto para los cristianos del siglo 21 es despojarnos de toda forma de fariseísmo y comenzar a vivir la palabra de Dios, para poder hablar con una autoridad semejante a la de Jesús. Cuando vean nuestro carácter moldeado por el Espíritu Santo, cuando vean nuestro amor por nuestros semejantes, nuestra capacidad de perdonar y amar a nuestros enemigos, nuestro servicio a los necesitados, verán la justicia de Dios y alabarán su santo nombre.

Bienaventurados los mansos

Esta semana continuamos reflexionando acerca del carácter de un cristiano, y llegamos a la tercera bienaventuranza. Ya hemos hablado de lo que significa reconocer nuestra pobreza espiritual y llorar a causa del pecado. Todo verdadero cristiano depende de Dios y siente dolor por la maldad que lo separa de Él.
En esas condiciones, el creyente decide someterse a la voluntad de Dios, obedecer sus mandamientos sin demora, sin excusas ni quejas. Sabe que la obediencia es su única opción. Palabras como mansedumbre, humildad y sumisión empiezan a formar parte normal de su lenguaje.

Mat 5:5 “Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia.”

Nuestra cultura le da mucha importancia al poder y la fuerza. El hombre que se impone, que destaca por su personalidad, es el más admirado. La tercera característica del cristiano va en contra de esa tendencia natural del ser humano, y es más sorprendente que las dos anteriores. Si ser pobre en espíritu es humillante, si llorar es doloroso, ser manso y humilde es sencillamente imposible para nosotros sin la ayuda de Dios. Requiere de una gran valentía.
La palabra usada en el texto griego tiene varios significados interesantes: Los caballos salvajes que eran domesticados por los soldados romanos eran llamados “mansos”. Eran poderosos para ir a cualquier batalla, y a la vez obedientes a cada movimiento de los pies del soldado, quien no podía ponerle riendas pues tenía las manos ocupadas por el escudo y la espada. Las medicinas capaces de curar fiebres y sacar aguijones de insectos eran “suaves” o “mansas”, al igual que el trato de los médicos hacia sus pacientes. Las personas amables, las que trataban a otros con respeto y cortesía, así como las palabras capaces de aplacar emociones fuertes, eran denominadas “mansas”.

La verdadera mansedumbre solo es compatible con una gran fortaleza, no es sinónimo de timidez o debilidad. El manso es capaz de soportar las ofensas, no porque no pueda defenderse, sino porque sabe que no necesita hacerlo. El manso es capaz de defender la verdad con su propia vida, no se deja imponer las opiniones de otros, porque no tiene miedo de estar solo ni le interesa ganar la aprobación de los demás.
La mansedumbre es consecuencia natural de la pobreza espiritual y del dolor por el pecado. Cuando vemos lo insignificantes que somos ante la grandeza de Dios, y lloramos a causa de nuestros pecados, tenemos dos opciones: la primera, disimular y ocultarnos, pretender que todo anda bien en lo espiritual, y como Adán y Eva, ocultar nuestras vergüenzas con una hojita. La segunda es la mansedumbre, enfrentar nuestra condición débil, confesarla, y someternos a la guía del Espíritu de Dios. 
El manso lo es en su corazón, delante del Señor, pero también en su actitud y trato con los demás. Renuncia a velar por sus propios intereses, tiene una idea moderada de sí mismo y no se ofende fácilmente. No anda a la defensiva, no lo necesita, porque sabiéndose pobre en espíritu, no tiene nada que defender. Como ha llorado por su condición de pecador, ya no tiene orgullo, es humilde. La humildad y la mansedumbre no son sinónimos, pero están íntimamente relacionadas. Quien es manso y humilde sabe que es insignificante, y se sorprende cuando es tratado como alguien importante, no ve en eso un derecho, sino un privilegio inmerecido.

La Biblia está llena de ejemplos de mansedumbre, pero veamos de nuevo a Jesús, manso y de corazón humilde, de quien dijo el profeta: “la caña cascada no quebrará ni el pabilo humeante apagará”.
"Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana." (Mateo 11:28-30)

En Filipenses 2:5-11 vemos una extraordinaria descripción del carácter de Cristo, y una exhortación a imitarlo.
"La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!
Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre."

Pero, ¿cuántos de nosotros tenemos esa mansedumbre? Lo digo con vergüenza, muy pocos. A muchos de nosotros nos hace falta confiar más en Dios, en su protección, su amor y su guía.


Salmo 23


El SEÑOR es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar.Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas fuerzas.Me guía por sendas de justicia por amor a su nombre.Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta.Dispones ante mí un banquete en presencia de mis enemigos. Has ungido con perfume mi cabeza; has llenado mi copa a rebosar.La bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida; y en la casa del SEÑOR habitaré para siempre.