domingo, 22 de septiembre de 2013 | By: Unknown

Los obstáculos de la fe



De cada pueblo salía gente para ver a Jesús, y cuando se reunió una gran multitud, él les contó esta parábola:
«Un sembrador salió a sembrar. Al esparcir la semilla, una parte cayó junto al camino; fue pisoteada, y los pájaros se la comieron. Otra parte cayó sobre las piedras y, cuando brotó, las plantas se secaron por falta de humedad. Otra parte cayó entre espinos que, al crecer junto con la semilla, la ahogaron. Pero otra parte cayó en buen terreno; así que brotó y produjo una cosecha del ciento por uno.»
Dicho esto, exclamó:
«El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Sus discípulos le preguntaron cuál era el significado de esta parábola.
«A ustedes se les ha concedido que conozcan los secretos del reino de Dios —les contestó—; pero a los demás se les habla por medio de parábolas para que »“aunque miren, no vean; aunque oigan, no entiendan”.
»Éste es el significado de la parábola: La semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son los que oyen, pero luego viene el diablo y les quita la palabra del corazón, no sea que crean y se salven. Los que están sobre las piedras son los que reciben la palabra con alegría cuando la oyen, pero no tienen raíz. Éstos creen por algún tiempo, pero se apartan cuando llega la prueba. La parte que cayó entre espinos son los que oyen, pero, con el correr del tiempo, los ahogan las preocupaciones, las riquezas y los placeres de esta vida, y no maduran. Pero la parte que cayó en buen terreno son los que oyen la palabra con corazón noble y bueno, y la retienen; y como perseveran, producen una buena cosecha. 

Lucas 8:4-15 NVI

 

¿Por qué necesitamos conocer los obstáculos que impiden el crecimiento de la fe? ¡Muy simple! Porque el corazón es el terreno, y prepararlo bien es nuestra decisión. Nosotros mismos escogemos si creemos o no, decidimos si le hacemos más caso a Dios o al diablo, si profundizamos o nos quedamos con lo superficial, si confiamos o dejamos que la preocupación nos ahogue. ¡Es nuestra responsabilidad! Nosotros mismos decidimos si vamos a vivir según la justicia de Dios o bajo las reglas de este mundo.

¿Cuál es el estado de tu corazón?


El camino: tal vez estés siendo inconstante, no estás escuchando ni leyendo la Palabra de Dios con frecuencia, y lo poco que recibes se te olvida porque no meditas ni pones en práctica lo que aprendes. No dejes que venga el enemigo a robarte el mensaje, guarda en tu corazón las promesas de Dios. ¡Persevera!

Las piedras: creyentes superficiales que no echan raíces, en el momento de las pruebas no se mantienen firmes, se desaniman y se pierden. Muchas veces no nos damos cuenta de que, a pesar de que estamos haciendo cosas buenas y aparentando vivir como cristianos, no tenemos un corazón suave y blando, y en las piedras no puede penetrar nada. Si quieres que el mensaje eche raíces profundas, ablanda tu corazón, quita las piedras.

Los espinos
: cuando no tenemos el corazón y la mente puestos en Dios, sino en el mundo, no maduramos ni damos fruto. El carácter de Cristo no se desarrolla en nosotros. Las preocupaciones y los placeres pueden distraernos y hacernos olvidar el mensaje de Dios, pero podemos escoger en qué vamos a ocupar nuestros pensamientos.

La tierra fértil: además de la inconstancia, la superficialidad y las distracciones, hay otro obstáculo que impide que nuestra fe crezca: la viga en el ojo, que nos impide ver las cosas como las ve Dios. No asumir la responsabilidad por nuestro crecimiento espiritual, poniendo excusas y criticando a terceros, es evidencia de que nuestra visión está distorsionada. Si queremos que nuestro corazón sea terreno fértil para la fe, ¡saquemos esa viga!

No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes. Porque tal como juzguen se les juzgará, y con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes.
¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando ahí tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.
No den lo sagrado a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los despedacen; ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen.

Mateo 7:1-6 NVI 



El camino del crecimiento espiritual no se recorre tratando de cambiar a otros. Cuando el enfoque es externo, no hay victorias internas. Solo cuando veas con claridad podrás ayudar a otros. La tendencia natural es culpar a los demás, criticar, buscar el problema fuera de nosotros mismos. La meta espiritual es la responsabilidad.

Tenemos la viga tan bien acomodada en el ojo que no nos damos cuenta, creemos que somos infalibles y espirituales. ¡Necesitamos identificar la viga! ¡Debemos denunciar la hipocresía, comenzando con la propia! ¿Cómo? Debemos detenernos antes de expresar nuestras críticas, y preguntarnos: ¿seré yo el del problema? ¡Y lo más seguro es que la respuesta sea sí!

Una vez que logremos aclarar nuestra visión, podremos ayudar a otros a ver las cosas como las ve Dios. Seremos llenos de misericordia y no nos sentiremos ofendidos por las faltas de otros, sino que sentiremos un genuino deseo de ayudarlos a sacar la pelusita que tengan en sus ojos.

v. 6 – Habrá quienes no quieran sacar la viga e insistirán en ver solo la paja en el ojo ajeno. Jesús murió por aquellas personas que estén dispuestas a reconocer y tomar responsabilidad de sus pecados. No demos lo sagrado a los perros. El mensaje está disponible para todos, pero el que se empeñe en rechazarlo, ya decidió permanecer ciego.

El engaño de Satanás es hacernos desviar la mirada hacia los demás para que no examinemos nuestro propio carácter ni nos hagamos responsables de nosotros mismos. ¡No des excusas ni permitas excusas!
domingo, 8 de septiembre de 2013 | By: Unknown

Dios confía en nosotros


Grandes multitudes seguían a Jesús, y él se volvió y les dijo:
Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
Supongamos que alguno de ustedes quiere construir una torre. ¿Acaso no se sienta primero a calcular el costo, para ver si tiene suficiente dinero para terminarla? Si echa los cimientos y no puede terminarla, todos los que la vean comenzarán a burlarse de él, y dirán: “Este hombre ya no pudo terminar lo que comenzó a construir.”
O supongamos que un rey está a punto de ir a la guerra contra otro rey. ¿Acaso no se sienta primero a calcular si con diez mil hombres puede enfrentarse al que viene contra él con veinte mil? Si no puede, enviará una delegación mientras el otro está todavía lejos, para pedir condiciones de paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo.
La sal es buena, pero si se vuelve insípida, ¿cómo recuperará el sabor? No sirve ni para la tierra ni para el abono; hay que tirarla fuera.
El que tenga oídos para oír, que oiga.

Lucas 14:25-35


Miles de personas seguían a Jesús y lo escuchaban, pero él estaba buscando individuos en quienes depositar su confianza. Jesús no puso su confianza en la multitud anónima. En la Biblia aparecen nombres de muchas personas que se comprometieron a obedecer a Dios. Quienes aprendieron las grandes enseñanzas de Jesús fueron aquellos que permanecieron cerca de él y lo amaron por encima de todo, incluso más que a sí mismos.
Esto nos desafía, somos naturalmente egoístas. Muchos escuchan la Palabra de Dios por interés propio, van a la iglesia porque esperan recibir algún beneficio de Dios. Pero eso sencillamente no funciona. Mientras pensemos primero en nosotros mismos, no vamos a aprender a amar a Dios ni al prójimo como Dios nos ama a nosotros.
Jesús se dedicó a entrenar a sus discípulos para que fuesen como él, reprodujo su carácter en ellos, los enseñó a amar porque les trasmitió el amor de Dios. Eso lo logró porque ellos decidieron contar el costo y lo siguieron.

Cuando terminaron de desayunar, Jesús le preguntó a Simón Pedro:
—Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
—Sí, Señor, tú sabes que te quiero —contestó Pedro.
—Apacienta mis corderos —le dijo Jesús.
Y volvió a preguntarle:
—Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
—Cuida de mis ovejas.
Por tercera vez Jesús le preguntó:
—Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
A Pedro le dolió que por tercera vez Jesús le hubiera preguntado: “¿Me quieres?” Así que le dijo:
—Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.
—Apacienta mis ovejas —le dijo Jesús—.

Juan 21:15-17


La pregunta de Jesús: “¿Me amas?”. Ya conocía la respuesta, pero quería que el propio Pedro entendiera que Jesús confiaba en él y le estaba dando una tarea especial. ¿Nos vemos como personas confiables para Dios? Debemos aprender a vernos así, porque Dios está depositando su confianza en nosotros.

Jesús se acercó entonces a ellos y les dijo:
—Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.

Mateo 28:18-20


A hombres y mujeres de su confianza, Jesús encomendó que continuaran la tarea que él ya había iniciado en ellos. ¿Cuál es el desafío que Jesús nos envía? Aprender todo lo que él enseñó, vivir como él enseñó a sus primeros discípulos, con el fin de enseñar a otros a ser discípulos suyos. Ser cada vez más como Jesús, para poder reproducir su carácter en otros. El Padre depositó su confianza en la persona del Hijo para que rescatara a muchos. Cristo nos trasmite esa confianza de parte de Dios y nos capacita para continuar con su trabajo.


Jesús se dirigió entonces a los judíos que habían creído en él, y les dijo:
—Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.
—Nosotros somos descendientes de Abraham —le contestaron—, y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir que seremos liberados?
—Ciertamente les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado —respondió Jesús—. Ahora bien, el esclavo no se queda para siempre en la familia; pero el hijo sí se queda en ella para siempre. Así que si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres.

Juan 8:31-36


Alguien de confianza para Dios está dispuesto a evaluarse y reconocer que aún piensa como un esclavo del pecado. Busca ser transformado por la Palabra de Dios. La diferencia entre simplemente leer la Biblia y estudiar las Escrituras está en el compromiso de seguir los pasos de Cristo.
Recibimos un voto de confianza y la promesa de que Jesús estará siempre a nuestro lado. ¿Qué pasaría si cada creyente confía en esa promesa y decide aceptar el compromiso de ayudar a otros a ser verdaderos discípulos de Cristo?

jueves, 5 de septiembre de 2013 | By: Unknown

¿Qué es la fe?

1  Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve.  2  Gracias a ella fueron aprobados los antiguos.  3  Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve.  4  Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más aceptable que el de Caín, por lo cual recibió testimonio de ser justo, pues Dios aceptó su ofrenda. Y por la fe Abel, a pesar de estar muerto, habla todavía.  5  Por la fe Enoc fue sacado de este mundo sin experimentar la muerte; no fue hallado porque Dios se lo llevó, pero antes de ser llevado recibió testimonio de haber agradado a Dios.  6  En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan.  7  Por la fe Noé, advertido sobre cosas que aún no se veían, con temor reverente construyó un arca para salvar a su familia. Por esa fe condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe.  8  Por la fe Abraham, cuando fue llamado para ir a un lugar que más tarde recibiría como herencia, obedeció y salió sin saber a dónde iba.  9  Por la fe se radicó como extranjero en la tierra prometida, y habitó en tiendas de campaña con Isaac y Jacob, herederos también de la misma promesa,  10  porque esperaba la ciudad de cimientos sólidos, de la cual Dios es arquitecto y constructor.

Hebreos 11:1-10  


Hebreos 11:1 nos da una definición de la palabra fe, la cual no es sino un término teológico para denominar la confianza que tenemos en Dios. Así de simple, tener fe es creer lo que Dios nos dice.

Las leyes de la naturaleza nos dan certezas, son confiables porque hemos visto cómo se cumplen, sin cambiar arbitrariamente. Tal vez no entendamos cómo funcionan, pero podemos confiar. Sabemos que el sol sale a determinada hora aunque no lo veamos. Sabemos que si sembramos arroz, cosecharemos arroz, y no papas o tomates. Sabemos que si lanzamos una piedra, esta caerá, aunque no conozcamos la ecuación de la ley de gravedad. De la misma manera, podemos confiar en Dios, pues es él quien sustenta todo (Hebreos 1:3).

Tener fe es confiar en que Dios cumple todo lo que promete, y actuar de acuerdo con esa confianza. Esa fe asegura nuestra salvación.

vv. 2-3 Los antiguos confiaron en Dios y le obedecieron, sus obras evidenciaron su fe.

v.4 Abel confió en Dios y le entregó lo mejor, su ofrenda puso en evidencia su fe.

v.7 Noé confió en Dios e hizo todo lo que él le ordenó. Así salvó su vida y la de toda su familia. Su obediencia puso en evidencia su fe, y los que no creyeron fueron condenados. Noé fue el único hombre justo de su generación.

¿Estamos creyéndole a Dios? ¿Qué está poniendo en evidencia nuestra fe? Tener fe no es solo creer que Dios existe y que la Biblia es su palabra. ¡Tener fe es confiar en lo que Dios dice!

vv.8-10 Abraham confió en Dios y en sus promesas. Salió de su país natal en pos de la tierra prometida. Por su fe, su descendencia recibió la herencia que Dios le había ofrecido. Nosotros esperamos otra herencia, aspiramos a la salvación eterna.

v.6 Si no confiamos en que lo que Dios nos dice es verdad, ¿cómo podremos agradarle?

La mayor prueba de nuestra confianza en Dios es amarlo con todo nuestro ser y amar a nuestros semejantes como Cristo nos amó. Nuestra capacidad de amar pone en evidencia nuestra fe. ¿Cuánto ha aumentado nuestra capacidad de amar desde que empezamos a seguir a Cristo? ¡Preguntemos a las personas que nos rodean!
lunes, 2 de septiembre de 2013 | By: Unknown

Las riquezas de la gracia

Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo.
Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él.
En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado.
En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia que Dios nos dio en abundancia con toda sabiduría y entendimiento.
Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra.
En Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria.
En él también ustedes, cuando oyeron el mensaje de la verdad, el evangelio que les trajo la salvación, y lo creyeron, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido.
Éste garantiza nuestra herencia hasta que llegue la redención final del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria. 

Efesios 1:3-14


¿Quiénes son marcados con el sello del Espíritu Santo? Los que oyen y creen el mensaje de la salvación. Este mensaje nos dice que fuimos apartados para ser santos, que Dios nos adopta como sus hijos, que Jesús pagó el precio de nuestro rescate y ahora podemos heredar el Reino de Dios. En realidad, todo esto es parte de la misma promesa. Es un solo regalo, son las riquezas de la gracia de Dios. Quienes son marcados por el sello del Espíritu Santo, deben vivir de acuerdo con la gracia que recibieron.
¿Cómo se manifiesta que fuimos sellados con el Espíritu de Dios?

El amor es paciente, es bondadoso.
El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso.
No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.
El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad.
Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 

1 Corintios 13:4-7


Estas son las características de quien ha recibido las riquezas de la gracia de Dios. La meta de cada cristiano es reflejar el carácter de Jesús, y esto solo se logra bajo la guía del Espíritu Santo. Dios nos está transformando, aunque fallemos una y otra vez. Si confiamos en la promesa de Dios y le obedecemos, veremos cómo se va desarrollando en nosotros el amor de Cristo. Estamos recibiendo una esperanza muy grande, Dios nos está librando de su ira y nos está dando lo necesario para vivir una vida santa, según su gracia.

Por eso yo, por mi parte, desde que me enteré de la fe que tienen en el Señor Jesús y del amor que demuestran por todos los santos, no he dejado de dar gracias por ustedes al recordarlos en mis oraciones.
Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor.
Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre los santos, y cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos.
Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales, muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio, y de cualquier otro nombre que se invoque, no sólo en este mundo sino también en el venidero. 

Efesios 1:15-21


Siempre vamos a necesitar crecer en nuestro entendimiento. Por eso debemos perseverar en la oración y el estudio de las Escrituras. Dios nos está transformando mientras estemos dispuestos y confiemos en sus promesas.

Por esta razón me arrodillo delante del Padre, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra.
Le pido que, por medio del Espíritu y con el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, para que por fe Cristo habite en sus corazones.
Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo; en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios.
Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos!
Amén.

Efesios 3:14-21

sábado, 17 de agosto de 2013 | By: Unknown

Bienaventurados los de limpio corazón

Al llegar a la sexta bienaventuranza experimentamos una profunda reverencia. ¿Qué significa tener corazón limpio y quién puede lograr esto? Lo primero que pensamos es que nuestro corazón está contaminado, y no tenemos cómo limpiarlo sin la ayuda de Dios, lo cual nos devuelve a la primera bienaventuranza: “dichosos los pobres de espíritu”. Sentimos tristeza y vergüenza porque sabemos que es el pecado lo que nos impide tener un corazón limpio, nos rendimos mansamente ante la gracia de Dios, decidimos hacer de la justicia de Dios nuestro alimento y bebida, y empezamos a ver resultados: cambia nuestra manera de ver las necesidades de quienes nos rodean, cambian nuestras motivaciones, y cada día crecemos en convicción.


Mat 5:8  "Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios." 


Para Dios, nuestro corazón es más importante que cualquier otra cosa. Una buena conducta sin un corazón limpio no sirve de nada. Hacer las cosas que a Dios le agradan, o que creemos que le agradan, pero solo para quedar bien, no tiene mérito alguno. Por eso vemos que alguien como David es conocido por su integridad y su devoción, a pesar de que su conducta no siempre fue intachable. Lo que hacía de David un hombre del agrado de Dios era su amor y su disposición a rendirse y obedecer. Vemos un ejemplo de ello en estos versículos:
Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos.Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno.

Salmo 139:23-24


Hoy en día, la palabra religión se ha vuelto despectiva. Una ofensa común es decir que alguien es un “religioso”. Creo que eso se debe a que muchos cristianos no son de limpio corazón y con su doble moral dan mala reputación a nuestra fe. En tiempos de Jesús eran los fariseos quienes aparentaban ser fieles cumplidores de las Escrituras, pero por dentro carecían de amor. Jesús, que pasaba el día rodeado de pecadores de todo tipo, no repudiaba a nadie, excepto a los fariseos. Vemos cómo los describe en Mateo 23, como insensatos, ciegos e hipócritas. Constantemente les recuerda a sus discípulos que el problema con el pecado no es hacer o dejar de hacer cosas, sino tener una conciencia purificada. 
Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad. Todos estos males vienen de adentro y contaminan a la persona.

Marcos 7:21-23


Los fariseos, y los “religiosos” en general, se fijan en las apariencias externas, en el milagro, en la profecía, en la doctrina, en las formalidades. Pero si todas esas cosas aparentemente tan correctas e importantes, no provienen de una devoción sincera, de una relación con Dios desde la intimidad de nuestro ser, son inútiles, y muchos notarán la hipocresía de lo que profesamos. No nos engañemos. Si en la Biblia se nos habla de los fariseos, es para prevenirnos a todos. No es para señalarlos con el dedo, sino para que nos cuidemos, porque todos podemos caer en esa falsa religiosidad sin darnos cuenta. La Biblia también habla de la verdadera religión, porque después de todo, “religión” no es una mala palabra. Santiago 1:27 nos habla de una religión limpia, sin contaminación, una descripción muy apropiada de una fe que se expresa desde un corazón puro y limpio.
Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? «Yo, el SEÑOR, sondeo el corazón y examino los pensamientos, para darle a cada uno según sus acciones y según el fruto de sus obras.»

Jeremías 17:9-10


Así que el primer paso importante para alcanzar un corazón limpio es sincerarnos ante Dios y nosotros mismos. Ya hemos visto que el pecado nos daña y destruye nuestra comunión con Dios. El cristiano que busca un limpio corazón no oculta ni disimula su pecado, es transparente. No rechaza el consejo ni el perdón. No siempre esto significa una confesión pública, aunque en muchos casos es apropiado hablar con una o varias personas: para pedir ayuda específica sobre cómo cambiar una conducta pecaminosa, si debemos pedir perdón a alguien cercano a quien hicimos daño, o simplemente queremos dar un testimonio que dé esperanza a terceros.
Yo les daré un corazón íntegro, y pondré en ellos un espíritu renovado. Les arrancaré el corazón de piedra que ahora tienen, y pondré en ellos un corazón de carne, para que cumplan mis decretos y pongan en práctica mis leyes. Entonces ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios.

Ezequiel 11:19-20


El segundo paso lógico que debemos dar es la búsqueda constante de santidad. Un tema poco popular y a veces mal entendido. Repetimos, no se trata de la apariencia de santidad, sino de una conciencia que constantemente se mira en el espejo de la Palabra de Dios y poco a poco va haciendo lo necesario para vivir de acuerdo con lo que está delante de sus ojos. Orar, leer la Biblia, buscar la confraternidad con otros cristianos fieles (y hacemos énfasis en fieles, porque lamentablemente hay muchos que no lo son), nos van a ayudar en el proceso permanente de limpiar el corazón.

La promesa para esta bienaventuranza es hermosa: veremos a Dios. Pero no solo en el futuro, cuando lleguemos a la meta, que es el cielo. Veremos a Dios en su Palabra, lo veremos caminando a nuestro lado día a día, veremos su Espíritu Santo ayudándonos en circunstancias difíciles. Veremos la gracia de Dios en nuestras relaciones con los demás, veremos la paz de Dios cuidando nuestros pensamientos, veremos las promesas de Dios cumpliéndose una y otra vez.


Salmo 86

Atiéndeme, SEÑOR; respóndeme, pues pobre soy y estoy necesitado.
Presérvame la vida, pues te soy fiel. Tú eres mi Dios, y en ti confío; ¡salva a tu siervo!
Compadécete, Señor, de mí, porque a ti clamo todo el día.
Reconforta el espíritu de tu siervo, porque a ti, Señor, elevo mi alma.
Tú, Señor, eres bueno y perdonador; grande es tu amor por todos los que te invocan.
Presta oído, SEÑOR, a mi oración; atiende a la voz de mi clamor.
En el día de mi angustia te invoco, porque tú me respondes.
No hay, SEÑOR, entre los dioses otro como tú, ni hay obras semejantes a las tuyas.
Todas las naciones que has creado vendrán, Señor, y ante ti se postrarán y glorificarán tu nombre.
Porque tú eres grande y haces maravillas; ¡sólo tú eres Dios!
Instrúyeme, SEÑOR, en tu camino para conducirme con fidelidad. Dame integridad de corazón para temer tu nombre.
Señor mi Dios, con todo el corazón te alabaré, y por siempre glorificaré tu nombre.
Porque grande es tu amor por mí: me has librado de caer en el sepulcro.
Gente altanera me ataca, oh Dios; una banda de asesinos procura matarme. ¡Son gente que no te toma en cuenta!
Pero tú, Señor, eres Dios clemente y compasivo, lento para la ira, y grande en amor y verdad.
Vuélvete hacia mí, y tenme compasión; concédele tu fuerza a este siervo tuyo. ¡Salva a tu hijo fiel!
Dame una muestra de tu amor, para que mis enemigos la vean y se avergüencen, porque tú, SEÑOR, me has brindado ayuda y consuelo.

viernes, 9 de agosto de 2013 | By: Unknown

Gracia transformadora

Acá están mis apuntes de ayer en la reunión de mi iglesia. El título de la clase fue “Gracia que obliga la transformación”, y hace alusión al hecho de que, mientras más entendemos la gracia de Dios, más difícil es permanecer indiferentes. La gracia de Dios nos transforma cada vez más. 

“Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.”  Romanos 8:29


Ese es el propósito de Dios para nosotros: transformarnos a la imagen de Cristo. Eso no va a ocurrir de la noche a la mañana, pero si decidimos someternos a la guía del Espíritu Santo, los cambios irán sucediendo progresivamente. Esa es la esperanza de quienes tenemos fe.


“Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia.”  Romanos 6:14


¿En qué momento pierde el pecado su poder sobre nosotros? La respuesta está en Romanos 6:1-7: El bautismo nos une a Cristo, morimos y resucitamos con él. Pero el legalismo nos impide comprender la gracia. A algunos los llena de arrogancia por creerse superiores a otros. Al resto les roba la esperanza y los llena de frustración. (Rom 5:20-21). Al ser revestidos del poder del Espíritu Santo, quedamos libres del poder del pecado y podemos vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. (Rom 7:6). La fe nos mantiene firmes (Rom 5:2) Ya no tenemos que obedecer al pecado (Rom 8:1-2). 


“Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu.” 2 Corintios 3:18


Los que decidimos vivir bajo la guía del Espíritu Santo somos transformados y reflejamos la gloria del Señor. Es una decisión del cristiano: despojarse del pecado y revestirse de santidad. Pero quien opera la transformación en nosotros es Dios (Efesios 4:22-24).


El Espíritu Santo nos provee de todo lo necesario para vivir según la voluntad de Dios (2 Corintios 9:8). El primer paso es reconocer nuestra propia debilidad delante del Señor. Somos incapaces de vivir en nuestras propias fuerzas, necesitamos de la gracia de Dios para vivir (2 Corintios 12:9). Dios da gracia a quienes se entregan con confianza y humildad a la guía de su Espíritu  (Santiago 4:6).


“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que él me concedió no fue infructuosa. Al contrario, he trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo sino la gracia de Dios que está conmigo.”  1 Corintios 15:10. 



¿Quién hace el trabajo, Dios o yo? El efecto de la gracia de Dios es una vida fructífera, pero en todo es Cristo quien nos guía.


“He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí. No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano.» Gálatas 2:20-21


lunes, 5 de agosto de 2013 | By: Unknown

Bienaventurados los misericordiosos

Llegamos a la quinta bienaventuranza, la cual es consecuencia directa de la anterior. En realidad no es posible analizar ninguna de estas características fuera de su contexto. Cuando Jesús enseñó las bienaventuranzas, no las lanzó al azar, su secuencia es lógica y están entrelazadas de tal manera que conforman una unidad. Por lo tanto, podemos afirmar que una persona que ha tomado conciencia de su pobreza espiritual, ha sentido dolor por sus pecados, ha humillado su corazón hasta alcanzar la mansedumbre y ha entendido su necesidad de vivir en y alimentarse de la justicia de Dios, empieza a experimentar la misericordia.

Mat 5:7  Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión. 


Esta compasión o misericordia no es sinónimo de tolerancia con el pecado. No tiene nada que ver con eso. La misericordia de la que habla esta bienaventuranza está relacionada con la gracia. El compasivo entiende que el pecado hace daño, nos separa de Dios y trae consecuencias negativas a las personas. El cristiano que ya ha llorado por sus propios pecados siente el dolor por la situación miserable de los que todavía siguen separados de Dios. El misericordioso ve las necesidades de otros y se identifica profundamente con ellos, siente un deseo intenso de ayudar y de servir al necesitado. 
La promesa relacionada con la misericordia es simple: el misericordioso alcanzará misericordia. Esta promesa se parece a lo que dice la oración del Padrenuestro: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. […] Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas. (Mateo 6:12,15 NVI).
Esto no debe entenderse como una contradicción a la gracia de Dios. Somos perdonados cuando nos arrepentimos sinceramente, la gracia de Dios actúa en nosotros dándonos la salvación. Sin embargo, si no perdonamos a los demás, si no practicamos la misericordia, lo que estamos demostrando es que no valoramos esa gracia, no hemos entendido el perdón de Dios. Todavía no hemos llegado a este escalón de las bienaventuranzas, porque cuando menospreciamos la misericordia de Dios, demostramos que no hay pobreza de espíritu en nosotros.

Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos.

 Hebreos 4:14-16 NVI


La misericordia es, antes que nada, parte del carácter de Dios. Y nosotros, como hijos suyos, debemos procurar ser como él. La misericordia debe ser parte de nuestra identidad. No es una serie de acciones, más bien debe ser lo que determine nuestra manera de vivir. Esto es cierto para todas las bienaventuranzas. Vivimos como cristianos porque lo somos, nuestras acciones lo evidencian. No es al revés, no tratamos de hacer cosas para ser cristianos. Esa diferencia es esencial, porque Cristo no enseñó un hacer, un oficio, sino una identidad. Él mismo fue el ejemplo de compasión. Estando libre de pecado, se compadeció de nuestra condición pecadora y vino al mundo a ofrecer su vida para rescatarnos. Se puso en nuestro lugar, experimentó nuestros sufrimientos y se convirtió en nuestro intermediario. 

En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos. Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad. En esto sabremos que somos de la verdad, y nos sentiremos seguros delante de él: que aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo. 

1 Juan 3:16-20 NVI


La misericordia es el amor de Dios en acción. Gracias a ella vemos tanto las necesidades físicas como las materiales, y estamos dispuestos a dar y servir al prójimo. No somos indiferentes al sufrimiento ni nos dejamos dominar por el egoísmo.
Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: «Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse», pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? 

Santiago 2:15-16 NVI


Leaning on the Everlasting Arms Praise the Mighty Name of Jesus

sábado, 6 de julio de 2013 | By: Unknown

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

En este punto, las bienaventuranzas cambian un poco el enfoque, ya no es el individuo en presencia de Dios, sino Dios mismo y su Palabra. En las tres anteriores, la persona se ve a sí misma, examina su interior, se da cuenta de lo insignificante que es delante de Dios, llora por sus pecados y decide asumir una actitud mansa. Entonces empieza su búsqueda, la verdadera búsqueda del discípulo: la justicia de Dios. Esta justicia incluye dos aspectos: la justificación por gracia, es decir, el perdón de sus pecados, y la santidad, una vida dedicada a mantenerse libre del dominio del pecado.

Mat 5:6 “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.”

Tener hambre y sed de justicia es lo natural después de haber adquirido conciencia de la pobreza espiritual, de haber sentido el dolor por el pecado y de haber suavizado el corazón. Sin embargo, vemos muy poco de eso en nuestras iglesias. Sabemos que el individuo carnal tiene hambre y sed de felicidad, bienestar, riquezas, etc. Pero el creyente que no ha transformado su mentalidad no busca nada distinto, desea la bienaventuranza, el gozo, la paz, las bendiciones. Todo eso viene por añadidura, pero no es la meta principal del discípulo. Si en verdad hemos sido transformados por la sangre de Cristo, nuestro deseo y anhelo será vivir en justicia y santidad.

Antes de seguir hablando de esta bienaventuranza, necesitamos hacer una pausa para examinarnos de nuevo, cada uno como individuo, y también como conjunto. ¿Cómo está la iglesia hoy en día? Creo que vivimos en una época trágica, en la que hay millones de creyentes, pero muy pocos discípulos de Cristo. Muchos ponen su confianza en que Dios les va a dar lo que necesitan, pero no viven de acuerdo con la voluntad de Dios. En lugar de pobreza espiritual, hay autosuficiencia. En lugar de dolor por el pecado, hay arrogancia. En vez de mansedumbre, hay conflicto. Y en todo ello hay una desobediencia generalizada, egoísmo, falta de amor fraternal, dureza de corazón. ¿Por qué hay tanta falsa doctrina? Muy simple, la gente no tiene hambre y sed de justicia, y por eso buscan falsos maestros que les digan lo que quieren escuchar. Quieren la salvación, pero no la que es por gracia, sino una barata, que no les cause incomodidad, que no los confronte con su necesidad de Dios, ni con su pecado. Quieren la libertad que promete Cristo, pero sin la obediencia a su palabra, sin tener que morir a sí mismos y cargar su propia cruz.

Santiago 4:1-4 dice:
"¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra. No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones. ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios.” 
No somos diferentes al mundo. Hay conflictos amargos entre hermanos, hay quienes odian a todo el que piense distinto o tenga otra doctrina. Nos insultamos, nos criticamos sin misericordia. Anhelamos paz, oramos día y noche por ella y no la alcanzamos nunca, porque no tenemos hambre y sed de justicia. Hasta que no entendamos nuestra necesidad de rendirnos ante el Señor y permitirle transformar nuestra mente, como dice en Romanos 12:2, la vida cristiana será una carga, y ni siquiera tendremos la salvación garantizada.

Apocalipsis 3:14-22, una escritura muy citada, pero poco comprendida, dice:
“Escribe al ángel de la iglesia de Laodicea: Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el soberano de la creación de Dios: Conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca. Dices: ‘Soy rico; me he enriquecido y no me hace falta nada’; pero no te das cuenta de que el infeliz y miserable, el pobre, ciego y desnudo eres tú. Por eso te aconsejo que de mí compres oro refinado por el fuego, para que te hagas rico; ropas blancas para que te vistas y cubras tu vergonzosa desnudez; y colirio para que te lo pongas en los ojos y recobres la vista. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo. Al que salga vencedor le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono, como también yo vencí y me senté con mi Padre en su trono. El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” 
Este pasaje describe a la mayoría de las iglesias que conocemos, que tienen un pie en el reino de Dios y otro en el mundo. Describe a muchísimos creyentes que se sienten seguros de su salvación, pero no han nacido de nuevo, su conversión fue superficial y no trajo ningún cambio en su carácter. El tibio se cree cristiano, pero vive bajo la guía de su naturaleza carnal. No es radical, es de los que dicen: “no soy tan malo como los demás, solo peco un poquito, no como otros…” No tiene conciencia de su pobreza, de su indigencia espiritual. Algunos tibios se sienten ricos porque tienen más conocimientos bíblicos que la mayoría, pero eso de nada les sirve, porque no ponen en práctica lo que saben.
Sin embargo, en medio de las duras palabras de Jesús, hay amor por estos cristianos autoengañados. El Señor reprende y disciplina a los que ama. Jesús está esperando que, quienes decimos que creemos en él, lo recibamos como Señor en nuestro corazón y nuestra vida, decidamos sentarnos a la mesa con él en intimidad, alimentándonos de su Palabra. Este pasaje es solo para cristianos, no tiene nada que ver con la conversión, como se dice popularmente. Acá de lo que se trata es de someterse al señorío de Cristo, obedecer sus mandatos, ser transformados en la manera de pensar. Tener hambre y sed de la verdad, de la justicia de Dios, tener anhelo de obedecer, solo es posible cuando el cristiano deja de ser un simple creyente y se vuelve discípulo de Jesús. Ahí es donde comienza la transformación.

Tener hambre y sed de justicia es desear la santidad propia de quien vive como Cristo, es querer vivir en comunión con el Padre, en total intimidad, caminando bajo la guía del Espíritu Santo. Esto es algo que nadie puede alcanzar por sus propios medios, es imposible. Pero también es sumamente fácil de obtener, porque Dios lo concede gratuitamente a quienes lo buscan.
El cristiano que tiene hambre y sed de justicia pone su mirada en Cristo. Anhela verse libre del dominio del pecado, dejar de ser esclavo de su naturaleza carnal, pero se da cuenta de que por sí solo no puede. Necesita a Jesús. Una cosa hermosa acerca de esta bienaventuranza es la promesa de satisfacción. Como el hambre y la sed físicas, que no cesan hasta que son saciadas, pero vuelven otra vez, así son el hambre y la sed espirituales. Y en Dios tenemos la satisfacción constante.
El verdadero cristiano se reconoce claramente en esta bienaventuranza. Sabe que para estar en la presencia de Dios debe ser perfecto, completamente libre de pecado, y esa perfección es inalcanzable. Pero acá es donde Cristo interviene para darnos de su perfección, toma nuestros pecados y nos reviste de su justicia. Es en Cristo que logramos cumplir los requisitos para la reconciliación con Dios. Si no entendemos esto, no podemos llamarnos cristianos. Este es el centro de toda la doctrina cristiana, la justificación por medio de la fe en Jesucristo.

Pero aún hay otro aspecto en el que se demuestra que estamos en la senda de la verdad, somos saciados en nuestra hambre y sed de justicia cuando nuestra vida manifiesta el fruto del Espíritu Santo, cuando empezamos a ver transformaciones en nuestro carácter. Fuimos renovados, nacimos de nuevo y tenemos una vida plena de amor y libertad. Nuestros antiguos pecados fueron perdonados y tenemos esperanza para seguir derrotando toda tentación que se nos presente. Nos alegramos en las pruebas, y hasta cuando nos caemos, nos levantamos con actitud agradecida.
Cuando somos saciados con la justicia de Dios, nuestras vidas se vuelven sal y luz. Al inicio les decía que vivimos en una época trágica para el cristianismo, porque hay millones de creyentes pero muy pocos verdaderos discípulos. También creo que esta época es extraordinaria, porque en el estado actual de nuestra religión, los verdaderos cristianos, aunque sean pocos, se hacen notar. La diferencia es en muchos casos abismal.
Dice en Mateo 7:28-29:
“Cuando Jesús terminó de decir estas cosas, las multitudes se asombraron de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tenía autoridad, y no como los maestros de la ley.” 
En tiempos de Jesús, había maestros que hablaban de las Escrituras de una manera casi vacía, gris, aburrida e incomprensible. Pero cuando la gente oyó a Jesús enseñando las mismas Escrituras, quedó maravillada. La palabra de Dios cobró sentido para ellos, se hizo clara y vívida.
Un reto para los cristianos del siglo 21 es despojarnos de toda forma de fariseísmo y comenzar a vivir la palabra de Dios, para poder hablar con una autoridad semejante a la de Jesús. Cuando vean nuestro carácter moldeado por el Espíritu Santo, cuando vean nuestro amor por nuestros semejantes, nuestra capacidad de perdonar y amar a nuestros enemigos, nuestro servicio a los necesitados, verán la justicia de Dios y alabarán su santo nombre.

Bienaventurados los mansos

Esta semana continuamos reflexionando acerca del carácter de un cristiano, y llegamos a la tercera bienaventuranza. Ya hemos hablado de lo que significa reconocer nuestra pobreza espiritual y llorar a causa del pecado. Todo verdadero cristiano depende de Dios y siente dolor por la maldad que lo separa de Él.
En esas condiciones, el creyente decide someterse a la voluntad de Dios, obedecer sus mandamientos sin demora, sin excusas ni quejas. Sabe que la obediencia es su única opción. Palabras como mansedumbre, humildad y sumisión empiezan a formar parte normal de su lenguaje.

Mat 5:5 “Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia.”

Nuestra cultura le da mucha importancia al poder y la fuerza. El hombre que se impone, que destaca por su personalidad, es el más admirado. La tercera característica del cristiano va en contra de esa tendencia natural del ser humano, y es más sorprendente que las dos anteriores. Si ser pobre en espíritu es humillante, si llorar es doloroso, ser manso y humilde es sencillamente imposible para nosotros sin la ayuda de Dios. Requiere de una gran valentía.
La palabra usada en el texto griego tiene varios significados interesantes: Los caballos salvajes que eran domesticados por los soldados romanos eran llamados “mansos”. Eran poderosos para ir a cualquier batalla, y a la vez obedientes a cada movimiento de los pies del soldado, quien no podía ponerle riendas pues tenía las manos ocupadas por el escudo y la espada. Las medicinas capaces de curar fiebres y sacar aguijones de insectos eran “suaves” o “mansas”, al igual que el trato de los médicos hacia sus pacientes. Las personas amables, las que trataban a otros con respeto y cortesía, así como las palabras capaces de aplacar emociones fuertes, eran denominadas “mansas”.

La verdadera mansedumbre solo es compatible con una gran fortaleza, no es sinónimo de timidez o debilidad. El manso es capaz de soportar las ofensas, no porque no pueda defenderse, sino porque sabe que no necesita hacerlo. El manso es capaz de defender la verdad con su propia vida, no se deja imponer las opiniones de otros, porque no tiene miedo de estar solo ni le interesa ganar la aprobación de los demás.
La mansedumbre es consecuencia natural de la pobreza espiritual y del dolor por el pecado. Cuando vemos lo insignificantes que somos ante la grandeza de Dios, y lloramos a causa de nuestros pecados, tenemos dos opciones: la primera, disimular y ocultarnos, pretender que todo anda bien en lo espiritual, y como Adán y Eva, ocultar nuestras vergüenzas con una hojita. La segunda es la mansedumbre, enfrentar nuestra condición débil, confesarla, y someternos a la guía del Espíritu de Dios. 
El manso lo es en su corazón, delante del Señor, pero también en su actitud y trato con los demás. Renuncia a velar por sus propios intereses, tiene una idea moderada de sí mismo y no se ofende fácilmente. No anda a la defensiva, no lo necesita, porque sabiéndose pobre en espíritu, no tiene nada que defender. Como ha llorado por su condición de pecador, ya no tiene orgullo, es humilde. La humildad y la mansedumbre no son sinónimos, pero están íntimamente relacionadas. Quien es manso y humilde sabe que es insignificante, y se sorprende cuando es tratado como alguien importante, no ve en eso un derecho, sino un privilegio inmerecido.

La Biblia está llena de ejemplos de mansedumbre, pero veamos de nuevo a Jesús, manso y de corazón humilde, de quien dijo el profeta: “la caña cascada no quebrará ni el pabilo humeante apagará”.
"Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana." (Mateo 11:28-30)

En Filipenses 2:5-11 vemos una extraordinaria descripción del carácter de Cristo, y una exhortación a imitarlo.
"La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!
Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre."

Pero, ¿cuántos de nosotros tenemos esa mansedumbre? Lo digo con vergüenza, muy pocos. A muchos de nosotros nos hace falta confiar más en Dios, en su protección, su amor y su guía.


Salmo 23


El SEÑOR es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar.Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas fuerzas.Me guía por sendas de justicia por amor a su nombre.Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta.Dispones ante mí un banquete en presencia de mis enemigos. Has ungido con perfume mi cabeza; has llenado mi copa a rebosar.La bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida; y en la casa del SEÑOR habitaré para siempre.
domingo, 30 de junio de 2013 | By: Unknown

"¿No Supiste?": Evitando el chisme

El chisme está en todas partes. En una era en la que la gente se dirige más que nunca a las noticias para averiguar qué está pasando en el mundo, el chisme nos llega en cantidades sin precedentes. No importa en dónde busquemos, ya sea en la televisión, los periódicos, o en las revistas, las encontrarás llenas de chisme. Existen columnas de chisme en nuestros periódicos, espectáculos de televisión en los cuales se desenmascaran los últimos detalles de la persona "del día", y revistas dedicadas a rumores y chismes. ¡Nuestra sociedad está hambrienta por esta información escandalosa! ¡Hay antojo de los detalles y la mugre más reciente! ¿Podremos esperar que este pecado tan prevalente en el mundo en que vivimos, no afecte al Reino? ¿Hemos permitido que entre este pecado a la iglesia y que contamine nuestro Reino con la misma basura que nosotros criticamos en los puestos de periódico?
El chismoso es definido como una persona que habitualmente revela información personal o información sensacionalista sobre otros. ¡Esta persona susurra indirectas dudosas, repite información sospechosa, sugiere que se ha cometido una maldad sin saber los hechos, y trata de hacer ver mal a otros para poder sentirse bien sobre sí mismos o verse bien ante los ojos de otros! ¿Te has olvidado de cómo se siente Dios acerca del chisme? ¿Se te ha olvidado lo que dice la Biblia al respecto?

Levítico 19:16 "No andes con chismes entre tu gente."
o Dios nos da la orden de no ser chismosos.

Romanos 1:29 "Están llenos de toda clase de injusticia, perversidad, avaricia y maldad. Son envidiosos, asesinos, pendencieros, engañadores, perversos y chismosos…"
o Dios cataloga el chisme junto con la avaricia, el odio, la envidia y el asesinato.

2 Corintios 12:20 "Porque temo que cuando vaya a verlos, quizá no los encuentre como quisiera, y que tampoco ustedes me encuentren a mí como ustedes quisieran. Temo que haya discordias, envidias, enojos, egoísmos, chismes, críticas, orgullos y desórdenes."
o El chisme destruye la "familia" en la iglesia.
o El chisme es claramente un pecado y es malvado ante los ojos del Señor, ¡no importa qué tan aceptado sea este comportamiento en el mundo!
o El chisme destruye nuestras relaciones. ¡Este es el pecado que destruye la unidad!

Proverbios 11:13 "El chismoso todo lo cuenta; el discreto guarda el secreto."
o Destruye la confianza en una relación; la confianza de que las cosas personales que he compartido quedarán con esa persona y no se divulgarán a otras personas que no me van a ayudar.

Proverbios 16:28 "El perverso provoca peleas; el chismoso es causa de enemistades."

Proverbios 25:23 "Por el viento del norte viene la lluvia, y por las malas lenguas las malas caras."

1 Timoteo 5:13 "Además andan de casa en casa, y no sólo se vuelven perezosas, sino también chismosas, metiéndose en todo y diciendo cosas que no convienen"

Proverbios 18:8 "Los chismes son como golosinas, pero calan hasta lo más profundo."

Yo pienso que cuando dejamos de enfocarnos en nuestra misión como discípulos de evangelizar este mundo perdido, podemos caer en la trampa del chisme. Al estar aburridos con nuestro propósito y no estar estudiando la Biblia con nuestros amigos y vecinos, nos envolvemos en los asuntos de otras personas. Nos podemos convertir en fisgones en la iglesia, ansiando averiguar información sobre los problemas de otros.
¡El chisme es un pecado! ¡El chisme tiene que ser confrontado y nos tenemos que arrepentir de él! ¿Has sabido de alguien que haya sido confrontado con esto últimamente? En lo personal yo tengo más convicción, cuando leo estas Escrituras, acerca de la tentación de decir cosas sobre otras personas sin pensarlo cuidadosamente. "¿Esta persona, necesita saber la información que le estoy dando?" "¿Podrá ayudar con el asunto esta persona?" "¿Qué es necesario que ellos sepan?" ¡Da mucho que pensar saber que Dios nos juzgará por cada palabra inútil que salga de nuestra boca descuidadamente! "Y yo les digo que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de cualquier palabra inútil que hayan pronunciado. Pues por tus propias palabras serás juzgado, y declarado inocente o culpable." (Mateo 12:36-37)
¿Te encuentras hablando sobre los problemas de otros, divulgando información sobre otros libremente y sin pensarlo, diciendo cosas que no sabes si son ciertas de seguro?¡Vivir en el Reino de Dios tiene que ser diferente que vivir en el mundo! ¡Debería de ser un lugar en donde la gente controle la lengua estrictamente (Santiago 1:26), donde no se ofenda al amigo (Salmos 15:3), no se peque con la lengua (Salmos 39:1), no se hiera con las palabras (Salmos 12:18), donde todos se den cuenta que la lengua es un fuego, un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo (Santiago 3:6).
Tenemos que tener convicciones profundas acerca de la destrucción que el chisme causa en nuestras vidas, estudiando la Biblia y teniendo el entendimiento y el corazón de Dios sobre el asunto. ¡Decide que mientras dependa de ti vas a parar de divulgar chismes! Decide que vas a confrontar a otros, aunque sean amigos cercanos, cuando escuches chismes. Decide estudiar los hechos claramente y no creer en rumores. ¡Decide enfocarte otra vez en buscar y salvar a los perdidos!

Dave Weger, Evangelista (San Francisco)
(Traduccion autorizada de la serie "Real Life, Real Solutions" de Upcyberdown, Derechos Reservados)