viernes, 16 de mayo de 2014 | By: Unknown

José y la confianza en Dios

A veces me siento muy triste, por diferentes razones. Con frecuencia lloro por días, semanas y hasta meses. Junto con la tristeza, tengo sentimientos de culpa por ser tan débil. Solía pensar que la fe estaba libre de emociones, y que si realmente confiaba en Dios, sería fuerte siempre. Cuando me veían llorar, algunos amigos bien intencionados me aconsejaban confiar más en Dios. Era como si mis lágrimas fueran la evidencia de mi falta de fe. Así que el consejo que me daban, en lugar de ayudarme, aumentaba mi tristeza.
Esta semana leí la historia de José desde un punto de vista diferente. José es uno de los hombres más fuertes y más semejantes a Cristo en la Biblia. Con frecuencia se habla de él como modelo de confianza en Dios en medio de circunstancias difíciles, pero él no estuvo exento de sentir angustia.
 A la edad de 17 años, José tenía sueños proféticos, pero estos no lo habían preparado completamente para lo que iba a vivir poco tiempo después. Fue arrojado en una cisterna y luego vendido como esclavo por sus propios hermanos. En ese momento suplicó por su vida. Años después pudo reconocer que Dios mismo estaba detrás de aquel viaje a Egipto y que lo había puesto ahí para salvar a mucha gente. Sin embargo, eso fue algo que entendió con el pasar del tiempo.
José sufrió por estar separado de su padre y por ser vendido como esclavo. Padeció el haber sido acusado falsamente, llevado a prisión y luego olvidado por aquel funcionario que pudo haberlo sacado de ahí. Pasó 20 años extrañando a su familia y su hogar. Los nombres de sus hijos son evidencia del pesar que sintió por mucho tiempo, y también expresan su confianza en que Dios podía sanar las heridas de su corazón.

Génesis 41:50-52
Antes de comenzar el primer año de hambre, José tuvo dos hijos con su esposa Asenat, la hija de Potifera, sacerdote de On. Al primero lo llamó Manasés, porque dijo: «Dios ha hecho que me olvide de todos mis problemas, y de mi casa paterna.» Al segundo lo llamó Efraín, porque dijo: «Dios me ha hecho fecundo en esta tierra donde he sufrido.» 

La reacción de José al ver a sus hermanos de nuevo es otra evidencia de sus intensas emociones. Él no era “hiper-espiritual”. Me lo imagino sintiendo una mezcla de dolor y compasión, de amor y de dudas. Tal vez se preguntaba si ellos en algún momento se habían arrepentido de lo que le hicieron. Así que cuando oyó de labios de sus propios hermanos que aún sentían remordimientos, 20 años después, por haberlo vendido, su corazón se quebrantó.

Génesis 42:21
… pero se decían unos a otros: —Sin duda estamos sufriendo las consecuencias de lo que hicimos con nuestro hermano. Aunque vimos su angustia cuando nos suplicaba que le tuviéramos compasión, no le hicimos caso. Por eso ahora nos vemos en aprietos. 

Génesis 42:24 
José se apartó de ellos y se echó a llorar. Luego, cuando se controló y pudo hablarles, apartó a Simeón y ordenó que lo ataran en presencia de ellos. 

Génesis 43:30 
Conmovido por la presencia de su hermano, y no pudiendo contener el llanto, José salió de prisa. Entró en su habitación, y allí se echó a llorar desconsoladamente. 

Aunque José no expresó lo que sentía en ese momento, tampoco negó sus sentimientos. La Biblia no nos dice que oró, pero podemos imaginarlo mientras lloraba en su cuarto, y probablemente le pedía a Dios que le diera sabiduría y fortaleza para esa situación. José recibió todo lo que necesitaba para superar su intenso dolor y eso lo ayudó a mostrar a sus hermanos la profundidad de su perdón.

José tenía derecho de sentirse triste y enojado por todo lo que le tocó sufrir. Tuvo la oportunidad de castigar a sus hermanos, pero escogió amarlos y salvarlos de la hambruna. Su confianza en Dios lo ayudó a mantener un corazón puro y libre de amargura. Eso me anima y me desafía. Me doy cuenta de que no puedo controlar mis circunstancias, pero Dios sí tiene el control. No sé por qué suceden las cosas. Apenas puedo manejar mis propios sentimientos y emociones, pero tengo el Espíritu Santo que me guía. A veces aprendo lecciones de mi pasado, después de muchas lágrimas, oraciones y preguntas. Pero lo bueno es que siempre puedo confiar en que Dios está trabajando incluso cuando no puedo entender o ver, o cuando simplemente no puedo evitar llorar.
En Hebreos 5:7-10 leemos que Jesús tuvo que orar y llorar, tal como lo hizo José. Saber eso me consuela. Podemos expresar nuestra confianza en Dios derramando nuestro corazón en sus manos. La verdadera fe empieza cuando confesamos nuestra angustia y confiamos en que Dios mostrará su poder a nuestro favor.

martes, 13 de mayo de 2014 | By: Unknown

Zaqueo y el poder de la gracia

Recientemente leía Lucas 19:1-10 y los versículos 7-8 llamaron poderosamente mi atención.
Al ver esto, todos empezaron a murmurar: «Ha ido a hospedarse con un pecador.» Pero Zaqueo dijo resueltamente: —Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. 

Zaqueo era probablemente el hombre más rico en una comunidad donde muchos eran indigentes y morían de hambre. Por ser el acaudalado jefe de los cobradores de impuestos, era odiado y temido por sus vecinos, su reputación era terrible. Sin embargo, Jesús decidió ir a comer en su casa, y ese gesto bastó para que la vida de Zaqueo cambiara por completo. Públicamente declaró que repondría cuatro veces lo que le hubiese quitado a otros, sin que nadie se lo pidiera. ¡Lo hizo por pura gratitud! Estaba tan agradecido que no le importó la opinión de los demás, ni la proporción de lo que estaba a punto de entregar. Todos los tesoros y las riquezas de este mundo eran poca cosa, comparados con tener al Señor en su casa.
Esto me hace pensar en la gracia abundante que Dios nos muestra cuando nos da su perdón. No se nos pide restituir nada ni enmendar lo hecho, pero Dios pone en nuestro corazón un ferviente anhelo de dar y servir con gozo. Esa es la diferencia entre las engañosas obras con las que muchos tratan de ganar la salvación y las buenas obras que Dios nos da para que glorifiquemos su nombre.

Efesios 2:8-10
Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica. 

¿Has oído hablar de los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos? Pues bien, el paso 8 dice: Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos hecho daño y estuvimos dispuestos a enmendarlo.
No puedo hablar con todas las personas a las que alguna vez lastimé, ofendí o maltraté. Algunos están totalmente fuera de mi alcance. Recuerdo que en la escuela, hace muchos años, tuve una amiga maravillosa y gentil. Pero yo descuidé esa amistad, no puse de mi parte y por mucho tiempo perdí contacto con ella. No la traté con el amor que merecía y necesitaba. Desafortunadamente ella falleció en un accidente de tránsito cuando apenas tenía 19 años. Muchas veces quise pedirle perdón y enmendar mis faltas, deseaba poder restituirle 4 veces lo que le debía, pero ya no puedo. Ahora solo me queda escoger entre vivir con los remordimientos o cambiar y dar a otros, a partir de hoy, el afecto y la amistad que no di ayer.
Hoy decido dar mi corazón cuatro veces. La primera por pura gratitud hacia Dios, cuyo amor me rescató. La segunda para restituir donde sea posible, y en los casos en los que no pueda enmendar, para servir. La tercera para sanar las heridas, lo cual suele ser más importante que la simple retribución. Todos necesitamos saber que nuestros sentimientos importaron. Y la última simplemente por amor, no solo cuatro veces sino muchas, una y otra vez.

Juan 15:9-15
Así como el Padre me ha amado a mí, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa. Y éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no está al tanto de lo que hace su amo; los he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes. 

El engaño de Satanás es hacerme pensar que por haber fracasado en el pasado, ya no soy digna de ser amada ni de ser llamada amiga. Jesús dice lo contrario, y yo escojo creerle a su Palabra. Todos tenemos mucho que dar, no de nuestra pobreza, sino de la abundante gracia que recibimos de Dios.