lunes, 24 de febrero de 2014 | By: Unknown

El Espíritu Santo y el sufrimiento

Si has visto las noticias, sabrás que en este momento los venezolanos están divididos, y las protestas más recientes han estado marcadas por la violencia, tanto de grupos opositores como de los partidarios del gobierno. Más allá de las razones de las protestas, lo que la situación actual nos revela es que la nación tiene una gran necesidad de Dios.
Necesitamos comprometernos con evangelizar Venezuela, pero debemos hacernos una pregunta crucial: ¿Cuál es el costo?

“— ¡Ve! —Insistió el Señor—, porque ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre.”
Hechos 9:15-16

El costo de ser instrumento de Dios es el sufrimiento. No es fácil, nunca lo será. No es algo que nos agrade. Algunos acuden a Dios con la expectativa de que el sufrimiento se va a acabar, pero lo que Dios ofrece es muy distinto. ¿Dónde están los planes de bienestar que vemos en Jeremías 29:11-13?

“En la iglesia de Antioquía eran profetas y maestros Bernabé; Simeón, apodado el Negro; Lucio de Cirene; Manaén, que se había criado con Herodes el tetrarca; y Saulo. Mientras ayunaban y participaban en el culto al Señor, el Espíritu Santo dijo: «Apártenme ahora a Bernabé y a Saulo para el trabajo al que los he llamado.» Así que después de ayunar, orar e imponerles las manos, los despidieron. Bernabé y Saulo, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre.”
Hechos 13:1-4

Este es el primer viaje misionero que se menciona en la Biblia. Saulo, o Pablo, había sido maestro durante algún tiempo después de su conversión. Su ministerio había sido tan discreto que durante mucho tiempo no se le nombra en el Libro de los Hechos. Por mandato y bajo la guía del Espíritu Santo, comenzó su ministerio entre los gentiles. Era el trabajo para el cual había sido llamado.

“Y ahora tengan en cuenta que voy a Jerusalén obligado por el Espíritu, sin saber lo que allí me espera. Lo único que sé es que en todas las ciudades el Espíritu Santo me asegura que me esperan prisiones y sufrimientos.”
Hechos 20:22-23

El cuarto viaje misionero llevó a Pablo a Jerusalén, donde fue encarcelado, y de ahí es llevado hasta Roma. Nada de esto lo tomó por sorpresa, pues Dios le había mostrado todo lo que iba a padecer.
El Espíritu Santo no nos lleva por el camino más fácil. La verdad es que el plan de Dios incluye sufrimiento. Queremos buenas noticias, queremos ánimo y consuelo, pero cuando decidimos hacer la voluntad de Dios, no podremos evitar sufrir. Sabiendo esto, ¿todavía seguirás buscando de Dios?

“Llevábamos allí varios días, cuando bajó de Judea un profeta llamado Ágabo. Éste vino a vernos y, tomando el cinturón de Pablo, se ató con él de pies y manos, y dijo:
—Así dice el Espíritu Santo: “De esta manera atarán los judíos de Jerusalén al dueño de este cinturón, y lo entregarán en manos de los gentiles.”
Al oír esto, nosotros y los de aquel lugar le rogamos a Pablo que no subiera a Jerusalén.
— ¿Por qué lloran? ¡Me parten el alma! —Respondió Pablo—. Por el nombre del Señor Jesús estoy dispuesto no sólo a ser atado sino también a morir en Jerusalén.
Como no se dejaba convencer, desistimos exclamando:
— ¡Que se haga la voluntad del Señor!”
Hechos 21:10-14

Profecía sobre Pablo: iba a pasar varios años en prisión. Pero su actitud no fue de temor sino de valentía y ánimo. Lucas fue testigo presencial de este momento. Fue uno de los que rogó a Pablo que no fuera a Jerusalén, pero Pablo estaba convencido de que el plan de Dios se estaba cumpliendo en él.

¿Qué le espera a Venezuela? Dios quiere que almas se salven, pero lo que ocurra a la política nacional no es su prioridad. Dios tiene el poder de cambiar las circunstancias, pero ese no es su propósito, más bien desea cambiar el corazón de las personas. Y muchas veces, para ese cambio se requieren circunstancias adversas.
El miedo se puede apoderar de nosotros, nos lleva a tomar decisiones fuera del plan de Dios. Incluso podemos orar pidiendo a Dios que nos quite el sufrimiento, en lugar de pedirle fortaleza, convicción y paciencia. ¿Cuántos miedos puede haber en nuestros corazones, controlando nuestras vidas?
Muchas personas pierden la fe cuando las circunstancias se ponen difíciles, pero ¿qué tal si es el plan de Dios que las cosas empeoren para refinar nuestra fe?
¿Qué hizo Jesús en los momentos más difíciles? Oró, pidió por la voluntad del Padre. En la oración encontró valor, descanso y convicción. Pablo confió en Dios y estuvo dispuesto a seguir el ejemplo de Cristo. ¿Qué hizo Pablo en los momentos más difíciles? Se sometió a la voluntad del Padre. Los últimos capítulos de Hechos describen el proceso de Pablo, su prisión y todos sus sufrimientos. ¿Dónde estaba el Espíritu Santo? ¿Por qué permitió que pasaran estas cosas?

“¿Qué importa? Al fin y al cabo, y sea como sea, con motivos falsos o con sinceridad, se predica a Cristo. Por eso me alegro; es más, seguiré alegrándome porque sé que, gracias a las oraciones de ustedes y a la ayuda que me da el Espíritu de Jesucristo, todo esto resultará en mi liberación. Mi ardiente anhelo y esperanza es que en nada seré avergonzado, sino que con toda libertad, ya sea que yo viva o muera, ahora como siempre, Cristo será exaltado en mi cuerpo.”
Filipenses 1:18-20

La meta de Pablo: exaltar a Cristo con su vida y su muerte. Que el nombre de Cristo fuera glorificado. Durante su prisión, Pablo predicó sin descanso. Cristo estuvo formándose en su carácter, fortaleciéndolo en las pruebas y tribulaciones. Pablo vivió sostenido por el poder del Espíritu Santo. Eso fue lo que Pablo logró a través del sufrimiento: que Cristo se formara en él.

“Para evitar que me volviera presumido por estas sublimes revelaciones, una espina me fue clavada en el cuerpo, es decir, un mensajero de Satanás, para que me atormentara. Tres veces le rogué al Señor que me la quitara; pero él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.» Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”
2 Corintios 12:7-10

Los sufrimientos de Pablo exponían su necesidad de Dios. El poder de Dios se perfecciona en la debilidad. Pablo lo entendió, y halló en Dios todo lo que necesitaba. Descubrió una gran bendición, estaba siendo transformado por el Espíritu Santo.

“… He trabajado más arduamente, he sido encarcelado más veces, he recibido los azotes más severos, he estado en peligro de muerte repetidas veces. Cinco veces recibí de los judíos los treinta y nueve azotes. Tres veces me golpearon con varas, una vez me apedrearon, tres veces naufragué, y pasé un día y una noche como náufrago en alta mar. Mi vida ha sido un continuo ir y venir de un sitio a otro; en peligros de ríos, peligros de bandidos, peligros de parte de mis compatriotas, peligros a manos de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el campo, peligros en el mar y peligros de parte de falsos hermanos. He pasado muchos trabajos y fatigas, y muchas veces me he quedado sin dormir; he sufrido hambre y sed, y muchas veces me he quedado en ayunas; he sufrido frío y desnudez. Y como si fuera poco, cada día pesa sobre mí la preocupación por todas las iglesias.”
2 Corintios 11: 23-28

Cuando entendemos que detrás de todo sufrimiento está el Espíritu Santo señalándonos que necesitamos de Dios, llevándonos directamente a la dependencia total, podemos rendirnos y dejar que Dios nos dé todo lo que necesitamos. Este es un excelente momento para reconocer nuestra necesidad y buscar en Dios todo lo que necesitamos. La mayor bendición es ser transformados a imagen de Cristo, y eso solo es posible en total dependencia de Dios. ¿Vamos a dejarnos dominar por las emociones o vamos a depender de Dios?

“Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe. Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos.”
Filipenses 3:7-11

Pablo escribió todo esto en la cárcel. ¿Cómo llegó él a esas convicciones? Por experiencia y sufrimiento, no por leerlo o escucharlo. Realmente lo vivió. Fue un producto de la guía del Espíritu Santo a través de un camino largo y lleno de pruebas.
El Espíritu Santo nos dice que el poder de Dios nos va a sostener en medio de cualquier situación. Ese mismo Espíritu nos da entendimiento y graba esto en nuestros corazones. Es él quien hace el trabajo en nosotros, nos ayuda a vivir conforme al plan de Dios y nos hace más como Cristo. ¿Dónde está el Espíritu de Dios cuando sufrimos? Trabajando en nuestros corazones.

Tal vez las cosas no cambien, quizá empeoren, pero si sabemos que la situación que atravesamos va a servir para moldear nuestros corazones a semejanza de Cristo, deberíamos cambiar nuestra manera de orar. No pedir que cambien las circunstancias sino que el Espíritu Santo nos llene de valor para salir y llevar el Mensaje.
Nosotros somos el cambio, la esperanza de esta nación. Todo el que esté genuinamente buscando de Dios será el cambio que necesita esta nación. No hay nadie más. ¿Por qué podemos ser el cambio? Porque el Espíritu Santo sigue trabajando de la misma manera que lo hizo en el primer siglo.