sábado, 17 de agosto de 2013 | By: Unknown

Bienaventurados los de limpio corazón

Al llegar a la sexta bienaventuranza experimentamos una profunda reverencia. ¿Qué significa tener corazón limpio y quién puede lograr esto? Lo primero que pensamos es que nuestro corazón está contaminado, y no tenemos cómo limpiarlo sin la ayuda de Dios, lo cual nos devuelve a la primera bienaventuranza: “dichosos los pobres de espíritu”. Sentimos tristeza y vergüenza porque sabemos que es el pecado lo que nos impide tener un corazón limpio, nos rendimos mansamente ante la gracia de Dios, decidimos hacer de la justicia de Dios nuestro alimento y bebida, y empezamos a ver resultados: cambia nuestra manera de ver las necesidades de quienes nos rodean, cambian nuestras motivaciones, y cada día crecemos en convicción.


Mat 5:8  "Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios." 


Para Dios, nuestro corazón es más importante que cualquier otra cosa. Una buena conducta sin un corazón limpio no sirve de nada. Hacer las cosas que a Dios le agradan, o que creemos que le agradan, pero solo para quedar bien, no tiene mérito alguno. Por eso vemos que alguien como David es conocido por su integridad y su devoción, a pesar de que su conducta no siempre fue intachable. Lo que hacía de David un hombre del agrado de Dios era su amor y su disposición a rendirse y obedecer. Vemos un ejemplo de ello en estos versículos:
Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos.Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno.

Salmo 139:23-24


Hoy en día, la palabra religión se ha vuelto despectiva. Una ofensa común es decir que alguien es un “religioso”. Creo que eso se debe a que muchos cristianos no son de limpio corazón y con su doble moral dan mala reputación a nuestra fe. En tiempos de Jesús eran los fariseos quienes aparentaban ser fieles cumplidores de las Escrituras, pero por dentro carecían de amor. Jesús, que pasaba el día rodeado de pecadores de todo tipo, no repudiaba a nadie, excepto a los fariseos. Vemos cómo los describe en Mateo 23, como insensatos, ciegos e hipócritas. Constantemente les recuerda a sus discípulos que el problema con el pecado no es hacer o dejar de hacer cosas, sino tener una conciencia purificada. 
Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad. Todos estos males vienen de adentro y contaminan a la persona.

Marcos 7:21-23


Los fariseos, y los “religiosos” en general, se fijan en las apariencias externas, en el milagro, en la profecía, en la doctrina, en las formalidades. Pero si todas esas cosas aparentemente tan correctas e importantes, no provienen de una devoción sincera, de una relación con Dios desde la intimidad de nuestro ser, son inútiles, y muchos notarán la hipocresía de lo que profesamos. No nos engañemos. Si en la Biblia se nos habla de los fariseos, es para prevenirnos a todos. No es para señalarlos con el dedo, sino para que nos cuidemos, porque todos podemos caer en esa falsa religiosidad sin darnos cuenta. La Biblia también habla de la verdadera religión, porque después de todo, “religión” no es una mala palabra. Santiago 1:27 nos habla de una religión limpia, sin contaminación, una descripción muy apropiada de una fe que se expresa desde un corazón puro y limpio.
Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? «Yo, el SEÑOR, sondeo el corazón y examino los pensamientos, para darle a cada uno según sus acciones y según el fruto de sus obras.»

Jeremías 17:9-10


Así que el primer paso importante para alcanzar un corazón limpio es sincerarnos ante Dios y nosotros mismos. Ya hemos visto que el pecado nos daña y destruye nuestra comunión con Dios. El cristiano que busca un limpio corazón no oculta ni disimula su pecado, es transparente. No rechaza el consejo ni el perdón. No siempre esto significa una confesión pública, aunque en muchos casos es apropiado hablar con una o varias personas: para pedir ayuda específica sobre cómo cambiar una conducta pecaminosa, si debemos pedir perdón a alguien cercano a quien hicimos daño, o simplemente queremos dar un testimonio que dé esperanza a terceros.
Yo les daré un corazón íntegro, y pondré en ellos un espíritu renovado. Les arrancaré el corazón de piedra que ahora tienen, y pondré en ellos un corazón de carne, para que cumplan mis decretos y pongan en práctica mis leyes. Entonces ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios.

Ezequiel 11:19-20


El segundo paso lógico que debemos dar es la búsqueda constante de santidad. Un tema poco popular y a veces mal entendido. Repetimos, no se trata de la apariencia de santidad, sino de una conciencia que constantemente se mira en el espejo de la Palabra de Dios y poco a poco va haciendo lo necesario para vivir de acuerdo con lo que está delante de sus ojos. Orar, leer la Biblia, buscar la confraternidad con otros cristianos fieles (y hacemos énfasis en fieles, porque lamentablemente hay muchos que no lo son), nos van a ayudar en el proceso permanente de limpiar el corazón.

La promesa para esta bienaventuranza es hermosa: veremos a Dios. Pero no solo en el futuro, cuando lleguemos a la meta, que es el cielo. Veremos a Dios en su Palabra, lo veremos caminando a nuestro lado día a día, veremos su Espíritu Santo ayudándonos en circunstancias difíciles. Veremos la gracia de Dios en nuestras relaciones con los demás, veremos la paz de Dios cuidando nuestros pensamientos, veremos las promesas de Dios cumpliéndose una y otra vez.


Salmo 86

Atiéndeme, SEÑOR; respóndeme, pues pobre soy y estoy necesitado.
Presérvame la vida, pues te soy fiel. Tú eres mi Dios, y en ti confío; ¡salva a tu siervo!
Compadécete, Señor, de mí, porque a ti clamo todo el día.
Reconforta el espíritu de tu siervo, porque a ti, Señor, elevo mi alma.
Tú, Señor, eres bueno y perdonador; grande es tu amor por todos los que te invocan.
Presta oído, SEÑOR, a mi oración; atiende a la voz de mi clamor.
En el día de mi angustia te invoco, porque tú me respondes.
No hay, SEÑOR, entre los dioses otro como tú, ni hay obras semejantes a las tuyas.
Todas las naciones que has creado vendrán, Señor, y ante ti se postrarán y glorificarán tu nombre.
Porque tú eres grande y haces maravillas; ¡sólo tú eres Dios!
Instrúyeme, SEÑOR, en tu camino para conducirme con fidelidad. Dame integridad de corazón para temer tu nombre.
Señor mi Dios, con todo el corazón te alabaré, y por siempre glorificaré tu nombre.
Porque grande es tu amor por mí: me has librado de caer en el sepulcro.
Gente altanera me ataca, oh Dios; una banda de asesinos procura matarme. ¡Son gente que no te toma en cuenta!
Pero tú, Señor, eres Dios clemente y compasivo, lento para la ira, y grande en amor y verdad.
Vuélvete hacia mí, y tenme compasión; concédele tu fuerza a este siervo tuyo. ¡Salva a tu hijo fiel!
Dame una muestra de tu amor, para que mis enemigos la vean y se avergüencen, porque tú, SEÑOR, me has brindado ayuda y consuelo.

viernes, 9 de agosto de 2013 | By: Unknown

Gracia transformadora

Acá están mis apuntes de ayer en la reunión de mi iglesia. El título de la clase fue “Gracia que obliga la transformación”, y hace alusión al hecho de que, mientras más entendemos la gracia de Dios, más difícil es permanecer indiferentes. La gracia de Dios nos transforma cada vez más. 

“Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.”  Romanos 8:29


Ese es el propósito de Dios para nosotros: transformarnos a la imagen de Cristo. Eso no va a ocurrir de la noche a la mañana, pero si decidimos someternos a la guía del Espíritu Santo, los cambios irán sucediendo progresivamente. Esa es la esperanza de quienes tenemos fe.


“Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia.”  Romanos 6:14


¿En qué momento pierde el pecado su poder sobre nosotros? La respuesta está en Romanos 6:1-7: El bautismo nos une a Cristo, morimos y resucitamos con él. Pero el legalismo nos impide comprender la gracia. A algunos los llena de arrogancia por creerse superiores a otros. Al resto les roba la esperanza y los llena de frustración. (Rom 5:20-21). Al ser revestidos del poder del Espíritu Santo, quedamos libres del poder del pecado y podemos vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. (Rom 7:6). La fe nos mantiene firmes (Rom 5:2) Ya no tenemos que obedecer al pecado (Rom 8:1-2). 


“Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu.” 2 Corintios 3:18


Los que decidimos vivir bajo la guía del Espíritu Santo somos transformados y reflejamos la gloria del Señor. Es una decisión del cristiano: despojarse del pecado y revestirse de santidad. Pero quien opera la transformación en nosotros es Dios (Efesios 4:22-24).


El Espíritu Santo nos provee de todo lo necesario para vivir según la voluntad de Dios (2 Corintios 9:8). El primer paso es reconocer nuestra propia debilidad delante del Señor. Somos incapaces de vivir en nuestras propias fuerzas, necesitamos de la gracia de Dios para vivir (2 Corintios 12:9). Dios da gracia a quienes se entregan con confianza y humildad a la guía de su Espíritu  (Santiago 4:6).


“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que él me concedió no fue infructuosa. Al contrario, he trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo sino la gracia de Dios que está conmigo.”  1 Corintios 15:10. 



¿Quién hace el trabajo, Dios o yo? El efecto de la gracia de Dios es una vida fructífera, pero en todo es Cristo quien nos guía.


“He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí. No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano.» Gálatas 2:20-21


lunes, 5 de agosto de 2013 | By: Unknown

Bienaventurados los misericordiosos

Llegamos a la quinta bienaventuranza, la cual es consecuencia directa de la anterior. En realidad no es posible analizar ninguna de estas características fuera de su contexto. Cuando Jesús enseñó las bienaventuranzas, no las lanzó al azar, su secuencia es lógica y están entrelazadas de tal manera que conforman una unidad. Por lo tanto, podemos afirmar que una persona que ha tomado conciencia de su pobreza espiritual, ha sentido dolor por sus pecados, ha humillado su corazón hasta alcanzar la mansedumbre y ha entendido su necesidad de vivir en y alimentarse de la justicia de Dios, empieza a experimentar la misericordia.

Mat 5:7  Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión. 


Esta compasión o misericordia no es sinónimo de tolerancia con el pecado. No tiene nada que ver con eso. La misericordia de la que habla esta bienaventuranza está relacionada con la gracia. El compasivo entiende que el pecado hace daño, nos separa de Dios y trae consecuencias negativas a las personas. El cristiano que ya ha llorado por sus propios pecados siente el dolor por la situación miserable de los que todavía siguen separados de Dios. El misericordioso ve las necesidades de otros y se identifica profundamente con ellos, siente un deseo intenso de ayudar y de servir al necesitado. 
La promesa relacionada con la misericordia es simple: el misericordioso alcanzará misericordia. Esta promesa se parece a lo que dice la oración del Padrenuestro: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. […] Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas. (Mateo 6:12,15 NVI).
Esto no debe entenderse como una contradicción a la gracia de Dios. Somos perdonados cuando nos arrepentimos sinceramente, la gracia de Dios actúa en nosotros dándonos la salvación. Sin embargo, si no perdonamos a los demás, si no practicamos la misericordia, lo que estamos demostrando es que no valoramos esa gracia, no hemos entendido el perdón de Dios. Todavía no hemos llegado a este escalón de las bienaventuranzas, porque cuando menospreciamos la misericordia de Dios, demostramos que no hay pobreza de espíritu en nosotros.

Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos.

 Hebreos 4:14-16 NVI


La misericordia es, antes que nada, parte del carácter de Dios. Y nosotros, como hijos suyos, debemos procurar ser como él. La misericordia debe ser parte de nuestra identidad. No es una serie de acciones, más bien debe ser lo que determine nuestra manera de vivir. Esto es cierto para todas las bienaventuranzas. Vivimos como cristianos porque lo somos, nuestras acciones lo evidencian. No es al revés, no tratamos de hacer cosas para ser cristianos. Esa diferencia es esencial, porque Cristo no enseñó un hacer, un oficio, sino una identidad. Él mismo fue el ejemplo de compasión. Estando libre de pecado, se compadeció de nuestra condición pecadora y vino al mundo a ofrecer su vida para rescatarnos. Se puso en nuestro lugar, experimentó nuestros sufrimientos y se convirtió en nuestro intermediario. 

En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos. Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad. En esto sabremos que somos de la verdad, y nos sentiremos seguros delante de él: que aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo. 

1 Juan 3:16-20 NVI


La misericordia es el amor de Dios en acción. Gracias a ella vemos tanto las necesidades físicas como las materiales, y estamos dispuestos a dar y servir al prójimo. No somos indiferentes al sufrimiento ni nos dejamos dominar por el egoísmo.
Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: «Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse», pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? 

Santiago 2:15-16 NVI


Leaning on the Everlasting Arms Praise the Mighty Name of Jesus