viernes, 16 de mayo de 2014 | By: Unknown

José y la confianza en Dios

A veces me siento muy triste, por diferentes razones. Con frecuencia lloro por días, semanas y hasta meses. Junto con la tristeza, tengo sentimientos de culpa por ser tan débil. Solía pensar que la fe estaba libre de emociones, y que si realmente confiaba en Dios, sería fuerte siempre. Cuando me veían llorar, algunos amigos bien intencionados me aconsejaban confiar más en Dios. Era como si mis lágrimas fueran la evidencia de mi falta de fe. Así que el consejo que me daban, en lugar de ayudarme, aumentaba mi tristeza.
Esta semana leí la historia de José desde un punto de vista diferente. José es uno de los hombres más fuertes y más semejantes a Cristo en la Biblia. Con frecuencia se habla de él como modelo de confianza en Dios en medio de circunstancias difíciles, pero él no estuvo exento de sentir angustia.
 A la edad de 17 años, José tenía sueños proféticos, pero estos no lo habían preparado completamente para lo que iba a vivir poco tiempo después. Fue arrojado en una cisterna y luego vendido como esclavo por sus propios hermanos. En ese momento suplicó por su vida. Años después pudo reconocer que Dios mismo estaba detrás de aquel viaje a Egipto y que lo había puesto ahí para salvar a mucha gente. Sin embargo, eso fue algo que entendió con el pasar del tiempo.
José sufrió por estar separado de su padre y por ser vendido como esclavo. Padeció el haber sido acusado falsamente, llevado a prisión y luego olvidado por aquel funcionario que pudo haberlo sacado de ahí. Pasó 20 años extrañando a su familia y su hogar. Los nombres de sus hijos son evidencia del pesar que sintió por mucho tiempo, y también expresan su confianza en que Dios podía sanar las heridas de su corazón.

Génesis 41:50-52
Antes de comenzar el primer año de hambre, José tuvo dos hijos con su esposa Asenat, la hija de Potifera, sacerdote de On. Al primero lo llamó Manasés, porque dijo: «Dios ha hecho que me olvide de todos mis problemas, y de mi casa paterna.» Al segundo lo llamó Efraín, porque dijo: «Dios me ha hecho fecundo en esta tierra donde he sufrido.» 

La reacción de José al ver a sus hermanos de nuevo es otra evidencia de sus intensas emociones. Él no era “hiper-espiritual”. Me lo imagino sintiendo una mezcla de dolor y compasión, de amor y de dudas. Tal vez se preguntaba si ellos en algún momento se habían arrepentido de lo que le hicieron. Así que cuando oyó de labios de sus propios hermanos que aún sentían remordimientos, 20 años después, por haberlo vendido, su corazón se quebrantó.

Génesis 42:21
… pero se decían unos a otros: —Sin duda estamos sufriendo las consecuencias de lo que hicimos con nuestro hermano. Aunque vimos su angustia cuando nos suplicaba que le tuviéramos compasión, no le hicimos caso. Por eso ahora nos vemos en aprietos. 

Génesis 42:24 
José se apartó de ellos y se echó a llorar. Luego, cuando se controló y pudo hablarles, apartó a Simeón y ordenó que lo ataran en presencia de ellos. 

Génesis 43:30 
Conmovido por la presencia de su hermano, y no pudiendo contener el llanto, José salió de prisa. Entró en su habitación, y allí se echó a llorar desconsoladamente. 

Aunque José no expresó lo que sentía en ese momento, tampoco negó sus sentimientos. La Biblia no nos dice que oró, pero podemos imaginarlo mientras lloraba en su cuarto, y probablemente le pedía a Dios que le diera sabiduría y fortaleza para esa situación. José recibió todo lo que necesitaba para superar su intenso dolor y eso lo ayudó a mostrar a sus hermanos la profundidad de su perdón.

José tenía derecho de sentirse triste y enojado por todo lo que le tocó sufrir. Tuvo la oportunidad de castigar a sus hermanos, pero escogió amarlos y salvarlos de la hambruna. Su confianza en Dios lo ayudó a mantener un corazón puro y libre de amargura. Eso me anima y me desafía. Me doy cuenta de que no puedo controlar mis circunstancias, pero Dios sí tiene el control. No sé por qué suceden las cosas. Apenas puedo manejar mis propios sentimientos y emociones, pero tengo el Espíritu Santo que me guía. A veces aprendo lecciones de mi pasado, después de muchas lágrimas, oraciones y preguntas. Pero lo bueno es que siempre puedo confiar en que Dios está trabajando incluso cuando no puedo entender o ver, o cuando simplemente no puedo evitar llorar.
En Hebreos 5:7-10 leemos que Jesús tuvo que orar y llorar, tal como lo hizo José. Saber eso me consuela. Podemos expresar nuestra confianza en Dios derramando nuestro corazón en sus manos. La verdadera fe empieza cuando confesamos nuestra angustia y confiamos en que Dios mostrará su poder a nuestro favor.

martes, 13 de mayo de 2014 | By: Unknown

Zaqueo y el poder de la gracia

Recientemente leía Lucas 19:1-10 y los versículos 7-8 llamaron poderosamente mi atención.
Al ver esto, todos empezaron a murmurar: «Ha ido a hospedarse con un pecador.» Pero Zaqueo dijo resueltamente: —Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. 

Zaqueo era probablemente el hombre más rico en una comunidad donde muchos eran indigentes y morían de hambre. Por ser el acaudalado jefe de los cobradores de impuestos, era odiado y temido por sus vecinos, su reputación era terrible. Sin embargo, Jesús decidió ir a comer en su casa, y ese gesto bastó para que la vida de Zaqueo cambiara por completo. Públicamente declaró que repondría cuatro veces lo que le hubiese quitado a otros, sin que nadie se lo pidiera. ¡Lo hizo por pura gratitud! Estaba tan agradecido que no le importó la opinión de los demás, ni la proporción de lo que estaba a punto de entregar. Todos los tesoros y las riquezas de este mundo eran poca cosa, comparados con tener al Señor en su casa.
Esto me hace pensar en la gracia abundante que Dios nos muestra cuando nos da su perdón. No se nos pide restituir nada ni enmendar lo hecho, pero Dios pone en nuestro corazón un ferviente anhelo de dar y servir con gozo. Esa es la diferencia entre las engañosas obras con las que muchos tratan de ganar la salvación y las buenas obras que Dios nos da para que glorifiquemos su nombre.

Efesios 2:8-10
Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica. 

¿Has oído hablar de los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos? Pues bien, el paso 8 dice: Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos hecho daño y estuvimos dispuestos a enmendarlo.
No puedo hablar con todas las personas a las que alguna vez lastimé, ofendí o maltraté. Algunos están totalmente fuera de mi alcance. Recuerdo que en la escuela, hace muchos años, tuve una amiga maravillosa y gentil. Pero yo descuidé esa amistad, no puse de mi parte y por mucho tiempo perdí contacto con ella. No la traté con el amor que merecía y necesitaba. Desafortunadamente ella falleció en un accidente de tránsito cuando apenas tenía 19 años. Muchas veces quise pedirle perdón y enmendar mis faltas, deseaba poder restituirle 4 veces lo que le debía, pero ya no puedo. Ahora solo me queda escoger entre vivir con los remordimientos o cambiar y dar a otros, a partir de hoy, el afecto y la amistad que no di ayer.
Hoy decido dar mi corazón cuatro veces. La primera por pura gratitud hacia Dios, cuyo amor me rescató. La segunda para restituir donde sea posible, y en los casos en los que no pueda enmendar, para servir. La tercera para sanar las heridas, lo cual suele ser más importante que la simple retribución. Todos necesitamos saber que nuestros sentimientos importaron. Y la última simplemente por amor, no solo cuatro veces sino muchas, una y otra vez.

Juan 15:9-15
Así como el Padre me ha amado a mí, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa. Y éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no está al tanto de lo que hace su amo; los he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes. 

El engaño de Satanás es hacerme pensar que por haber fracasado en el pasado, ya no soy digna de ser amada ni de ser llamada amiga. Jesús dice lo contrario, y yo escojo creerle a su Palabra. Todos tenemos mucho que dar, no de nuestra pobreza, sino de la abundante gracia que recibimos de Dios.

miércoles, 26 de marzo de 2014 | By: Unknown

Escoge caminar en el amor de Cristo

Recientemente, un hermano compartió este mensaje durante la comunión. Cuando me prestó sus apuntes, decidí apartarlos para un tiempo devocional. Esta nota es una combinación de lo que mi amigo dijo y mis propias reflexiones sobre esta escritura. 

Vayamos al capítulo 5 de la carta a los Gálatas. Ahí vemos que Pablo está confrontando pecados en la iglesia primitiva. Las palabras del apóstol son fuertes, pero justas. Cuando leemos esta carta desde el primer capítulo, notamos que la intención de Pablo es ser directo y contundente. No se trataba de un mensaje dirigido a una congregación joven e inexperta, sino a una iglesia que ya debía tener cierta madurez, pero que se estaba desviando fuertemente de las enseñanzas de Jesús.
A veces necesitamos ser sacudidos. Hay momentos en nuestras vidas en los que el Señor seguramente nos está observando y diciéndonos: “¿qué crees que estás haciendo?”. Y es en esos momentos en los que debemos dar gracias a Dios por hermanos que estén cerca de nosotros y conozcan nuestra vida. Necesitamos amigos que nos den esa indispensable sacudida, que nos ayuden a ver con claridad nuestros pecados y nos muestren el camino del arrepentimiento. Constantemente estamos fallando, así que constantemente vamos a necesitar esas sacudidas. 
Pues bien, después de sacudir a los gálatas, el apóstol les dice lo siguiente:

(Gálatas 5:13-26)
13-15
“Les hablo así, hermanos, porque ustedes han sido llamados a ser libres; pero no se valgan de esa libertad para dar rienda suelta a sus pasiones. Más bien sírvanse unos a otros con amor. En efecto, toda la ley se resume en un solo mandamiento: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» Pero si siguen mordiéndose y devorándose, tengan cuidado, no sea que acaben por destruirse unos a otros.”

Al pie de la cruz de Cristo, hay que andar en el amor.
La verdadera libertad en Cristo no es una libertad egoísta y autoindulgente. Al contrario, se manifiesta plenamente cuando entregamos nuestro servicio a otros. La advertencia de Pablo: tengan cuidado o acabarán por destruirse unos a otros. Si nuestras acciones están causando la destrucción de nuestro hermano, no estamos caminando en el amor de Cristo. 

16-18 
“Así que les digo: Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa. Porque ésta desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu desea lo que es contrario a ella. Los dos se oponen entre sí, de modo que ustedes no pueden hacer lo que quieren. Pero si los guía el Espíritu, no están bajo la ley.” 

Al pie de la cruz de Cristo, hay que andar en el Espíritu Santo.
La decisión está en nuestras manos. Si no estamos tomando la decisión consciente de someternos a la Palabra de Dios y a la guía del Espíritu Santo, estamos decidiendo que nuestra naturaleza pecaminosa nos domine. Esta es otra evidencia de que Cristo, por medio del Espíritu, nos hace libres. Ya no nos esclaviza el pecado, nosotros somos quienes decidimos obedecer o desobedecer.

19-21 
“Las obras de la naturaleza pecaminosa se conocen bien: inmoralidad sexual, impureza y libertinaje; idolatría y brujería; odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia; borracheras, orgías, y otras cosas parecidas. Les advierto ahora, como antes lo hice, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” 

Pablo está diciendo: “no vivan así”. Recordemos que Pablo no le está dando este consejo a gente que todavía no conoce el evangelio. Básicamente le está diciendo a la iglesia que deje de pecar, o de lo contrario perderá su herencia celestial. 

Pero hay una buena noticia… ¿Quieres saber cuál es la buena noticia? Vamos a seguir leyendo desde el versículo 22 hasta el final.

22-26
“En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas. Los que son de Cristo Jesús han crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos. Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu. No dejemos que la vanidad nos lleve a irritarnos y a envidiarnos unos a otros.” 

En el Espíritu Santo tenemos el poder para vivir una vida agradable ante Dios. El Espíritu nos da todo lo necesario y nos guía con su sabiduría. Podemos escoger si vamos a andar en el pecado o en el Espíritu. ¡Tomemos la decisión correcta!
Detengámonos a pensar si en nuestro caminar con Dios estamos viviendo bajo la guía del Espíritu o de nuestra naturaleza pecaminosa. Preguntémonos si nuestras acciones demuestran el amor de Cristo o son evidencia de nuestra desobediencia. Confrontemos y confesemos, preguntémosle a nuestros amigos cómo ven nuestra vida, si ven frutos de pasiones mundanas o de sujeción a Dios. 
Recordemos que hemos sido llamados desde la oscuridad para andar en la gloriosa luz de Jesús. 

lunes, 24 de febrero de 2014 | By: Unknown

El Espíritu Santo y el sufrimiento

Si has visto las noticias, sabrás que en este momento los venezolanos están divididos, y las protestas más recientes han estado marcadas por la violencia, tanto de grupos opositores como de los partidarios del gobierno. Más allá de las razones de las protestas, lo que la situación actual nos revela es que la nación tiene una gran necesidad de Dios.
Necesitamos comprometernos con evangelizar Venezuela, pero debemos hacernos una pregunta crucial: ¿Cuál es el costo?

“— ¡Ve! —Insistió el Señor—, porque ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre.”
Hechos 9:15-16

El costo de ser instrumento de Dios es el sufrimiento. No es fácil, nunca lo será. No es algo que nos agrade. Algunos acuden a Dios con la expectativa de que el sufrimiento se va a acabar, pero lo que Dios ofrece es muy distinto. ¿Dónde están los planes de bienestar que vemos en Jeremías 29:11-13?

“En la iglesia de Antioquía eran profetas y maestros Bernabé; Simeón, apodado el Negro; Lucio de Cirene; Manaén, que se había criado con Herodes el tetrarca; y Saulo. Mientras ayunaban y participaban en el culto al Señor, el Espíritu Santo dijo: «Apártenme ahora a Bernabé y a Saulo para el trabajo al que los he llamado.» Así que después de ayunar, orar e imponerles las manos, los despidieron. Bernabé y Saulo, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre.”
Hechos 13:1-4

Este es el primer viaje misionero que se menciona en la Biblia. Saulo, o Pablo, había sido maestro durante algún tiempo después de su conversión. Su ministerio había sido tan discreto que durante mucho tiempo no se le nombra en el Libro de los Hechos. Por mandato y bajo la guía del Espíritu Santo, comenzó su ministerio entre los gentiles. Era el trabajo para el cual había sido llamado.

“Y ahora tengan en cuenta que voy a Jerusalén obligado por el Espíritu, sin saber lo que allí me espera. Lo único que sé es que en todas las ciudades el Espíritu Santo me asegura que me esperan prisiones y sufrimientos.”
Hechos 20:22-23

El cuarto viaje misionero llevó a Pablo a Jerusalén, donde fue encarcelado, y de ahí es llevado hasta Roma. Nada de esto lo tomó por sorpresa, pues Dios le había mostrado todo lo que iba a padecer.
El Espíritu Santo no nos lleva por el camino más fácil. La verdad es que el plan de Dios incluye sufrimiento. Queremos buenas noticias, queremos ánimo y consuelo, pero cuando decidimos hacer la voluntad de Dios, no podremos evitar sufrir. Sabiendo esto, ¿todavía seguirás buscando de Dios?

“Llevábamos allí varios días, cuando bajó de Judea un profeta llamado Ágabo. Éste vino a vernos y, tomando el cinturón de Pablo, se ató con él de pies y manos, y dijo:
—Así dice el Espíritu Santo: “De esta manera atarán los judíos de Jerusalén al dueño de este cinturón, y lo entregarán en manos de los gentiles.”
Al oír esto, nosotros y los de aquel lugar le rogamos a Pablo que no subiera a Jerusalén.
— ¿Por qué lloran? ¡Me parten el alma! —Respondió Pablo—. Por el nombre del Señor Jesús estoy dispuesto no sólo a ser atado sino también a morir en Jerusalén.
Como no se dejaba convencer, desistimos exclamando:
— ¡Que se haga la voluntad del Señor!”
Hechos 21:10-14

Profecía sobre Pablo: iba a pasar varios años en prisión. Pero su actitud no fue de temor sino de valentía y ánimo. Lucas fue testigo presencial de este momento. Fue uno de los que rogó a Pablo que no fuera a Jerusalén, pero Pablo estaba convencido de que el plan de Dios se estaba cumpliendo en él.

¿Qué le espera a Venezuela? Dios quiere que almas se salven, pero lo que ocurra a la política nacional no es su prioridad. Dios tiene el poder de cambiar las circunstancias, pero ese no es su propósito, más bien desea cambiar el corazón de las personas. Y muchas veces, para ese cambio se requieren circunstancias adversas.
El miedo se puede apoderar de nosotros, nos lleva a tomar decisiones fuera del plan de Dios. Incluso podemos orar pidiendo a Dios que nos quite el sufrimiento, en lugar de pedirle fortaleza, convicción y paciencia. ¿Cuántos miedos puede haber en nuestros corazones, controlando nuestras vidas?
Muchas personas pierden la fe cuando las circunstancias se ponen difíciles, pero ¿qué tal si es el plan de Dios que las cosas empeoren para refinar nuestra fe?
¿Qué hizo Jesús en los momentos más difíciles? Oró, pidió por la voluntad del Padre. En la oración encontró valor, descanso y convicción. Pablo confió en Dios y estuvo dispuesto a seguir el ejemplo de Cristo. ¿Qué hizo Pablo en los momentos más difíciles? Se sometió a la voluntad del Padre. Los últimos capítulos de Hechos describen el proceso de Pablo, su prisión y todos sus sufrimientos. ¿Dónde estaba el Espíritu Santo? ¿Por qué permitió que pasaran estas cosas?

“¿Qué importa? Al fin y al cabo, y sea como sea, con motivos falsos o con sinceridad, se predica a Cristo. Por eso me alegro; es más, seguiré alegrándome porque sé que, gracias a las oraciones de ustedes y a la ayuda que me da el Espíritu de Jesucristo, todo esto resultará en mi liberación. Mi ardiente anhelo y esperanza es que en nada seré avergonzado, sino que con toda libertad, ya sea que yo viva o muera, ahora como siempre, Cristo será exaltado en mi cuerpo.”
Filipenses 1:18-20

La meta de Pablo: exaltar a Cristo con su vida y su muerte. Que el nombre de Cristo fuera glorificado. Durante su prisión, Pablo predicó sin descanso. Cristo estuvo formándose en su carácter, fortaleciéndolo en las pruebas y tribulaciones. Pablo vivió sostenido por el poder del Espíritu Santo. Eso fue lo que Pablo logró a través del sufrimiento: que Cristo se formara en él.

“Para evitar que me volviera presumido por estas sublimes revelaciones, una espina me fue clavada en el cuerpo, es decir, un mensajero de Satanás, para que me atormentara. Tres veces le rogué al Señor que me la quitara; pero él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.» Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”
2 Corintios 12:7-10

Los sufrimientos de Pablo exponían su necesidad de Dios. El poder de Dios se perfecciona en la debilidad. Pablo lo entendió, y halló en Dios todo lo que necesitaba. Descubrió una gran bendición, estaba siendo transformado por el Espíritu Santo.

“… He trabajado más arduamente, he sido encarcelado más veces, he recibido los azotes más severos, he estado en peligro de muerte repetidas veces. Cinco veces recibí de los judíos los treinta y nueve azotes. Tres veces me golpearon con varas, una vez me apedrearon, tres veces naufragué, y pasé un día y una noche como náufrago en alta mar. Mi vida ha sido un continuo ir y venir de un sitio a otro; en peligros de ríos, peligros de bandidos, peligros de parte de mis compatriotas, peligros a manos de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el campo, peligros en el mar y peligros de parte de falsos hermanos. He pasado muchos trabajos y fatigas, y muchas veces me he quedado sin dormir; he sufrido hambre y sed, y muchas veces me he quedado en ayunas; he sufrido frío y desnudez. Y como si fuera poco, cada día pesa sobre mí la preocupación por todas las iglesias.”
2 Corintios 11: 23-28

Cuando entendemos que detrás de todo sufrimiento está el Espíritu Santo señalándonos que necesitamos de Dios, llevándonos directamente a la dependencia total, podemos rendirnos y dejar que Dios nos dé todo lo que necesitamos. Este es un excelente momento para reconocer nuestra necesidad y buscar en Dios todo lo que necesitamos. La mayor bendición es ser transformados a imagen de Cristo, y eso solo es posible en total dependencia de Dios. ¿Vamos a dejarnos dominar por las emociones o vamos a depender de Dios?

“Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe. Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos.”
Filipenses 3:7-11

Pablo escribió todo esto en la cárcel. ¿Cómo llegó él a esas convicciones? Por experiencia y sufrimiento, no por leerlo o escucharlo. Realmente lo vivió. Fue un producto de la guía del Espíritu Santo a través de un camino largo y lleno de pruebas.
El Espíritu Santo nos dice que el poder de Dios nos va a sostener en medio de cualquier situación. Ese mismo Espíritu nos da entendimiento y graba esto en nuestros corazones. Es él quien hace el trabajo en nosotros, nos ayuda a vivir conforme al plan de Dios y nos hace más como Cristo. ¿Dónde está el Espíritu de Dios cuando sufrimos? Trabajando en nuestros corazones.

Tal vez las cosas no cambien, quizá empeoren, pero si sabemos que la situación que atravesamos va a servir para moldear nuestros corazones a semejanza de Cristo, deberíamos cambiar nuestra manera de orar. No pedir que cambien las circunstancias sino que el Espíritu Santo nos llene de valor para salir y llevar el Mensaje.
Nosotros somos el cambio, la esperanza de esta nación. Todo el que esté genuinamente buscando de Dios será el cambio que necesita esta nación. No hay nadie más. ¿Por qué podemos ser el cambio? Porque el Espíritu Santo sigue trabajando de la misma manera que lo hizo en el primer siglo.