lunes, 5 de agosto de 2013 | By: Unknown

Bienaventurados los misericordiosos

Llegamos a la quinta bienaventuranza, la cual es consecuencia directa de la anterior. En realidad no es posible analizar ninguna de estas características fuera de su contexto. Cuando Jesús enseñó las bienaventuranzas, no las lanzó al azar, su secuencia es lógica y están entrelazadas de tal manera que conforman una unidad. Por lo tanto, podemos afirmar que una persona que ha tomado conciencia de su pobreza espiritual, ha sentido dolor por sus pecados, ha humillado su corazón hasta alcanzar la mansedumbre y ha entendido su necesidad de vivir en y alimentarse de la justicia de Dios, empieza a experimentar la misericordia.

Mat 5:7  Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión. 


Esta compasión o misericordia no es sinónimo de tolerancia con el pecado. No tiene nada que ver con eso. La misericordia de la que habla esta bienaventuranza está relacionada con la gracia. El compasivo entiende que el pecado hace daño, nos separa de Dios y trae consecuencias negativas a las personas. El cristiano que ya ha llorado por sus propios pecados siente el dolor por la situación miserable de los que todavía siguen separados de Dios. El misericordioso ve las necesidades de otros y se identifica profundamente con ellos, siente un deseo intenso de ayudar y de servir al necesitado. 
La promesa relacionada con la misericordia es simple: el misericordioso alcanzará misericordia. Esta promesa se parece a lo que dice la oración del Padrenuestro: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. […] Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas. (Mateo 6:12,15 NVI).
Esto no debe entenderse como una contradicción a la gracia de Dios. Somos perdonados cuando nos arrepentimos sinceramente, la gracia de Dios actúa en nosotros dándonos la salvación. Sin embargo, si no perdonamos a los demás, si no practicamos la misericordia, lo que estamos demostrando es que no valoramos esa gracia, no hemos entendido el perdón de Dios. Todavía no hemos llegado a este escalón de las bienaventuranzas, porque cuando menospreciamos la misericordia de Dios, demostramos que no hay pobreza de espíritu en nosotros.

Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos.

 Hebreos 4:14-16 NVI


La misericordia es, antes que nada, parte del carácter de Dios. Y nosotros, como hijos suyos, debemos procurar ser como él. La misericordia debe ser parte de nuestra identidad. No es una serie de acciones, más bien debe ser lo que determine nuestra manera de vivir. Esto es cierto para todas las bienaventuranzas. Vivimos como cristianos porque lo somos, nuestras acciones lo evidencian. No es al revés, no tratamos de hacer cosas para ser cristianos. Esa diferencia es esencial, porque Cristo no enseñó un hacer, un oficio, sino una identidad. Él mismo fue el ejemplo de compasión. Estando libre de pecado, se compadeció de nuestra condición pecadora y vino al mundo a ofrecer su vida para rescatarnos. Se puso en nuestro lugar, experimentó nuestros sufrimientos y se convirtió en nuestro intermediario. 

En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos. Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad. En esto sabremos que somos de la verdad, y nos sentiremos seguros delante de él: que aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo. 

1 Juan 3:16-20 NVI


La misericordia es el amor de Dios en acción. Gracias a ella vemos tanto las necesidades físicas como las materiales, y estamos dispuestos a dar y servir al prójimo. No somos indiferentes al sufrimiento ni nos dejamos dominar por el egoísmo.
Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: «Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse», pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? 

Santiago 2:15-16 NVI


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