Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo.
Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él.
En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado.
En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia que Dios nos dio en abundancia con toda sabiduría y entendimiento.
Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra.
En Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria.
En él también ustedes, cuando oyeron el mensaje de la verdad, el evangelio que les trajo la salvación, y lo creyeron, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido.
Éste garantiza nuestra herencia hasta que llegue la redención final del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria.
Efesios 1:3-14
¿Quiénes son marcados con el sello del Espíritu Santo? Los que oyen y creen el mensaje de la salvación. Este mensaje nos dice que fuimos apartados para ser santos, que Dios nos adopta como sus hijos, que Jesús pagó el precio de nuestro rescate y ahora podemos heredar el Reino de Dios. En realidad, todo esto es parte de la misma promesa. Es un solo regalo, son las riquezas de la gracia de Dios. Quienes son marcados por el sello del Espíritu Santo, deben vivir de acuerdo con la gracia que recibieron.
¿Cómo se manifiesta que fuimos sellados con el Espíritu de Dios?
El amor es paciente, es bondadoso.
El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso.
No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.
El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad.
Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
1 Corintios 13:4-7
Estas son las características de quien ha recibido las riquezas de la gracia de Dios. La meta de cada cristiano es reflejar el carácter de Jesús, y esto solo se logra bajo la guía del Espíritu Santo. Dios nos está transformando, aunque fallemos una y otra vez. Si confiamos en la promesa de Dios y le obedecemos, veremos cómo se va desarrollando en nosotros el amor de Cristo. Estamos recibiendo una esperanza muy grande, Dios nos está librando de su ira y nos está dando lo necesario para vivir una vida santa, según su gracia.
Por eso yo, por mi parte, desde que me enteré de la fe que tienen en el Señor Jesús y del amor que demuestran por todos los santos, no he dejado de dar gracias por ustedes al recordarlos en mis oraciones.
Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor.
Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre los santos, y cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos.
Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales, muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio, y de cualquier otro nombre que se invoque, no sólo en este mundo sino también en el venidero.
Efesios 1:15-21
Siempre vamos a necesitar crecer en nuestro entendimiento. Por eso debemos perseverar en la oración y el estudio de las Escrituras. Dios nos está transformando mientras estemos dispuestos y confiemos en sus promesas.
Por esta razón me arrodillo delante del Padre, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra.
Le pido que, por medio del Espíritu y con el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, para que por fe Cristo habite en sus corazones.
Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo; en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios.
Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos!
Amén.

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