domingo, 16 de junio de 2013 | By: Unknown

Bienaventurados los pobres en espíritu

Jesús enseñó de una manera completamente distinta a los maestros de su tiempo (Mateo 7:28-29). Sus palabras iban destinadas a la gente sencilla, esa que no entendía las disertaciones teológicas de los fariseos, pero que tenía una necesidad genuina y profunda de conocer a Dios. Nosotros podemos identificarnos perfectamente con la audiencia de Jesús.
El evangelio de Mateo dedica tres largos capítulos al sermón de la montaña. Algunos creen que este sermón fue repetido muchas veces durante los tres años que duró el ministerio de Jesús en la tierra. Y eso tiene sentido, ya que la idea era que la gente recordara las palabras del maestro. Y según Mateo, así empezó la prédica:
Mat 5:3  “Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.”
La primera característica del discípulo de Cristo es su pobreza espiritual. Eso no tiene nada que ver con pobreza material, ni con debilidad de carácter, ni con timidez. El pobre en espíritu es alguien que ha visto la grandeza de Dios y se ha dado cuenta de su propia pequeñez. Cuando estamos delante del Señor no podemos sentirnos importantes ni orgullosos, no tenemos nada, y mientras más conocemos la majestad de Dios, más nos damos cuenta de que lo mejor de nuestra vida es insignificante, nuestro mayor logro es una tontería. Pablo lo expresó claramente en Filipenses 3:4-8: todo lo tuvo por basura, su inteligencia, su impecable vida, sus talentos, al conocer a Cristo resucitado. Hasta el más rico de nosotros es indigente, el mejor de nosotros es un cero a la izquierda. Humildad pura y simple, reconocimiento de nuestra debilidad.
La palabra griega usada en el texto de Mateo es ‘ptochos’, y designa al mendigo que pide limosna de rodillas, porque no puede cubrir sus necesidades básicas. No tiene absolutamente nada y debe pedirlo todo. ¿Cómo se aplica esto a la pobreza espiritual?
El pobre en espíritu sabe que no puede hacer nada por sí mismo para satisfacer las necesidades de su corazón. Sabe que no es nadie, no tiene valor ni confianza en sí mismo. Su valor y su confianza solo provienen de Dios. Eso contradice tanto a lo que el mundo nos enseña, que es imposible de aceptar por los orgullosos, los independientes, los autosuficientes y los triunfadores de esta vida.
El discípulo no es merecedor de gloria, la discípula no es princesa. Somos hijos pobres que dependen del amor del Padre. Es muy diferente a lo que nos enseñan algunos falsos maestros. El hijo de Dios suplica, nunca decreta. El pobre en espíritu ruega incesantemente y da gracias por cada cosa que Dios le da. No es capaz de enojarse ni sentirse frustrado, porque se sabe tan insignificante que no merece nada. No se siente ofendido porque ya se ha humillado delante de Dios, y ya nada ni nadie puede humillarlo.
Eso no es posible sin la ayuda de Dios, hasta para humillarnos así, necesitamos que sea Dios quien nos humille, quien nos muestre que somos como la hierba del campo. Pero una vez que experimentamos esa pobreza absoluta, esa mendicidad espiritual, quedamos con las manos libres para poseer el reino de los cielos.
El ejemplo perfecto de la pobreza espiritual es Jesús, quien se hizo pobre e insignificante ante los ojos del mundo, para que conociéramos las riquezas de la gracia de Dios. Jesús nos muestra como vivir en total dependencia de Dios, sin orgullo ni autosuficiencia.
Jn 5:19  Entonces Jesús afirmó: —Ciertamente les aseguro que el hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su padre hace, porque cualquier cosa que hace el padre, la hace también el hijo.
Solo quien es pobre en espíritu, busca y es lleno del Espíritu Santo para vivir en santidad, de acuerdo con el carácter santo de Dios. Y esa es la condición para heredar el reino de los cielos.

Salmo 16
Cuídame, oh Dios, porque en ti busco refugio.
Yo le he dicho al SEÑOR: «Mi SEÑOR eres tú. Fuera de ti, no poseo bien alguno.»
Poderosos son los sacerdotes paganos del país, según todos sus seguidores.
Pero aumentarán los dolores de los que corren tras ellos. ¡Jamás derramaré sus sangrientas libaciones, ni con mis labios pronunciaré sus nombres!
Tú, SEÑOR, eres mi porción y mi copa; eres tú quien ha afirmado mi suerte.
Bellos lugares me han tocado en suerte; ¡preciosa herencia me ha correspondido!
Bendeciré al SEÑOR, que me aconseja; aun de noche me reprende mi conciencia.
Siempre tengo presente al SEÑOR; con él a mi derecha, nada me hará caer.
Por eso mi corazón se alegra, y se regocijan mis entrañas; todo mi ser se llena de confianza.
No dejarás que mi vida termine en el sepulcro; no permitirás que sufra corrupción tu siervo fiel.
Me has dado a conocer la senda de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha.

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