El evangelio de Mateo dedica tres largos capítulos al sermón
de la montaña. Algunos creen que este sermón fue repetido muchas veces durante
los tres años que duró el ministerio de Jesús en la tierra. Y eso tiene
sentido, ya que la idea era que la gente recordara las palabras del maestro. Y
según Mateo, así empezó la prédica:
Mat 5:3 “Dichosos
los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.”
La primera característica del discípulo de Cristo es su
pobreza espiritual. Eso no tiene nada que ver con pobreza material, ni con
debilidad de carácter, ni con timidez. El pobre en espíritu es alguien que ha
visto la grandeza de Dios y se ha dado cuenta de su propia pequeñez. Cuando
estamos delante del Señor no podemos sentirnos importantes ni orgullosos, no
tenemos nada, y mientras más conocemos la majestad de Dios, más nos damos
cuenta de que lo mejor de nuestra vida es insignificante, nuestro mayor logro
es una tontería. Pablo lo expresó claramente en Filipenses 3:4-8: todo lo tuvo
por basura, su inteligencia, su impecable vida, sus talentos, al conocer a
Cristo resucitado. Hasta el más rico de nosotros es indigente, el mejor de
nosotros es un cero a la izquierda. Humildad pura y simple, reconocimiento de
nuestra debilidad.
La palabra griega usada en el texto de Mateo es ‘ptochos’, y
designa al mendigo que pide limosna de rodillas, porque no puede cubrir sus
necesidades básicas. No tiene absolutamente nada y debe pedirlo todo. ¿Cómo se
aplica esto a la pobreza espiritual?
El pobre en espíritu sabe que no puede hacer nada por sí
mismo para satisfacer las necesidades de su corazón. Sabe que no es nadie, no
tiene valor ni confianza en sí mismo. Su valor y su confianza solo provienen de
Dios. Eso contradice tanto a lo que el mundo nos enseña, que es imposible de
aceptar por los orgullosos, los independientes, los autosuficientes y los
triunfadores de esta vida.
El discípulo no es merecedor de gloria, la discípula no es
princesa. Somos hijos pobres que dependen del amor del Padre. Es muy diferente
a lo que nos enseñan algunos falsos maestros. El hijo de Dios suplica, nunca
decreta. El pobre en espíritu ruega incesantemente y da gracias por cada cosa
que Dios le da. No es capaz de enojarse ni sentirse frustrado, porque se sabe
tan insignificante que no merece nada. No se siente ofendido porque ya se ha
humillado delante de Dios, y ya nada ni nadie puede humillarlo.
Eso no es posible sin la ayuda de Dios, hasta para
humillarnos así, necesitamos que sea Dios quien nos humille, quien nos muestre
que somos como la hierba del campo. Pero una vez que experimentamos esa pobreza
absoluta, esa mendicidad espiritual, quedamos con las manos libres para poseer
el reino de los cielos.
El ejemplo perfecto de la pobreza espiritual es Jesús, quien
se hizo pobre e insignificante ante los ojos del mundo, para que conociéramos
las riquezas de la gracia de Dios. Jesús nos muestra como vivir en total
dependencia de Dios, sin orgullo ni autosuficiencia.
Jn 5:19 Entonces
Jesús afirmó: —Ciertamente les aseguro que el hijo no puede hacer nada por su
propia cuenta, sino solamente lo que ve que su padre hace, porque cualquier
cosa que hace el padre, la hace también el hijo.
Solo quien es pobre en espíritu, busca y es lleno del
Espíritu Santo para vivir en santidad, de acuerdo con el carácter santo de
Dios. Y esa es la condición para heredar el reino de los cielos.
Salmo 16
Cuídame, oh Dios, porque en ti busco refugio.
Yo le he dicho al SEÑOR: «Mi SEÑOR eres tú. Fuera de ti, no
poseo bien alguno.»
Poderosos son los sacerdotes paganos del país, según todos
sus seguidores.
Pero aumentarán los dolores de los que corren tras ellos.
¡Jamás derramaré sus sangrientas libaciones, ni con mis labios pronunciaré sus
nombres!
Tú, SEÑOR, eres mi porción y mi copa; eres tú quien ha
afirmado mi suerte.
Bellos lugares me han tocado en suerte; ¡preciosa herencia
me ha correspondido!
Bendeciré al SEÑOR, que me aconseja; aun de noche me
reprende mi conciencia.
Siempre tengo presente al SEÑOR; con él a mi derecha, nada
me hará caer.
Por eso mi corazón se alegra, y se regocijan mis entrañas;
todo mi ser se llena de confianza.
No dejarás que mi vida termine en el sepulcro; no permitirás
que sufra corrupción tu siervo fiel.
Me has dado a conocer la senda de la vida; me llenarás de
alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha.

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