domingo, 30 de junio de 2013 | By: Unknown

El camino a la santidad

Mientras indagaba sobre qué necesitamos para que nuestro corazón se incline hacia la santidad, encontré una respuesta simple y poderosa: La humildad es el primer paso, e implica reconocer quiénes somos sin Dios, confesar nuestros pecados, recibir perdón y sanación, y seguir el ejemplo de Cristo llevando una vida de servicio.
Necesitamos reconocer quiénes somos sin Dios.

Lucas 18:10-14 
Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. El fariseo se puso a orar consigo mismo: 
“Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros—ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo.” 
En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: 
“¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” 
Les digo que éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Reconocer quiénes somos sin Dios es atemorizante y humillante, pero es el suelo fértil para la semilla que Dios está plantando en nosotros. El orgullo y el miedo pueden impedir que seamos honestos ante Dios, ante nosotros mismos y ante los demás. Nuestro orgullo se opone a la cruz de Cristo. Por eso necesitamos revestirnos de humildad. (1 Pedro 5:5)
Necesitamos quebrantarnos ante nuestro pecado.

Lucas 7:36-50

Uno de los fariseos invitó a Jesús a comer, así que fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Ahora bien, vivía en aquel pueblo una mujer que tenía fama de pecadora. Cuando ella se enteró de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume. Llorando, se arrojó a los pies de Jesús, de manera que se los bañaba en lágrimas. Luego se los secó con los cabellos; también se los besaba y se los ungía con el perfume.Al ver esto, el fariseo que lo había invitado dijo para sí: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la que lo está tocando, y qué clase de mujer es: una pecadora.» Entonces Jesús le dijo a manera de respuesta:
—Simón, tengo algo que decirte. 
—Dime, Maestro —respondió. 
—Dos hombres le debían dinero a cierto prestamista. Uno le debía quinientas monedas de plata, y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. Ahora bien, ¿cuál de los dos lo amará más? 
—Supongo que aquel a quien más le perdonó —contestó Simón  
—Has juzgado bien —le dijo Jesús.  
Luego se volvió hacia la mujer y le dijo a Simón: 
—¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste agua para los pies, pero ella me ha bañado los pies en lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con aceite, pero ella me ungió los pies con perfume. Por esto te digo: si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados. Pero a quien poco se le perdona, poco ama.  
Entonces le dijo Jesús a ella  
—Tus pecados quedan perdonados.  
Los otros invitados comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?»  
—Tu fe te ha salvado —le dijo Jesús a la mujer—; vete en paz.
El quebrantamiento ocurre cuando nos postramos a los pies de Jesús con actitud humilde, es una condición que nos lleva a la rendición y el deseo de ser moldeados por Dios.

Filipenses 2:1-17

"Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. 
No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás.  
La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!  
Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.  
Así que, mis queridos hermanos, como han obedecido siempre —no sólo en mi presencia sino mucho más ahora en mi ausencia—lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.  
Háganlo todo sin quejas ni contiendas, para que sean intachables y puros, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y depravada. En ella ustedes brillan como estrellas en el firmamento, manteniendo en alto la palabra de vida. Así en el día de Cristo me sentiré satisfecho de no haber corrido ni trabajado en vano. Y aunque mi vida fuera derramada sobre el sacrificio y servicio que proceden de su fe, me alegro y comparto con todos ustedes mi alegría."
Dios quiere que consideremos a los demás como mejores que nosotros. Confesemos nuestros pecados y luchas ante otros hermanos, pidamos ayuda y consejo, y decidamos confiar en el corazón y las motivaciones de quienes están tratando de ayudarnos.
Necesitamos servir, imitando el ejemplo de Jesús.

Lucas 22:24-26

"Tuvieron además un altercado sobre cuál de ellos sería el más importante. Jesús les dijo: 
—Los reyes de las naciones oprimen a sus súbditos, y los que ejercen autoridad sobre ellos se llaman a sí mismos benefactores. No sea así entre ustedes. Al contrario, el mayor debe comportarse como el menor, y el que manda como el que sirve."
Jesús no quiere que sigamos el camino del mundo. Por medio de la humildad podemos cambiar nuestra manera de pensar. En lugar de vivir su vida para sus deseos egoístas, Jesús dio el ejemplo al servirnos. Solamente cuando servimos, veremos cómo Dios cubre nuestras necesidades y las de otros.

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