sábado, 22 de junio de 2013 | By: Unknown

La princesa satisfecha

Este año estuvimos encargadas de un grupo de lindas princesas entre 14 y 36 meses de edad. Nuestro principal deber era darles lo que necesitaran para crecer y madurar. No les dábamos todo lo que nos pedían, pues, como princesas que son, tienen mil caprichos. Las mayores eran más independientes y procuraban obtener lo que querían por sus propios medios; sólo venían a pedirnos aquello que de verdad estaba fuera de su alcance. Pero todas, grandes y pequeñas, eran “pedigüeñas incansables”.
Creo que podría escribir un libro con todas las enseñanzas espirituales que recibo a diario en mi trabajo, pero quisiera detenerme hoy en un punto: la satisfacción. Como dije, nuestras abejitas pedían y pedían desde que llegaban hasta que se iban. La respuesta al 75 % de sus peticiones fue “¡No!”. Por otra parte, cuando les ofrecíamos algo, no siempre lo aceptaban. En general, solían decir que sí cuando se les ofrecía creyones, plastilina, o una galleta; pero no les gustaba que les limpiaran la nariz aunque lo necesitaran urgentemente.
Me sorprende cómo estas niñas seguían pidiendo sin desanimarse. Muchas veces mis oraciones se ven limitadas por el temor de pedir y no recibir lo que deseo. La pregunta es, ¿recibo todo lo que necesito, aunque no tenga todo lo que quiero? En otras palabras, ¿estoy satisfecha? En la Biblia encontré algunas aclaratorias acerca de cuáles son mis necesidades y cómo Dios se encarga de suplirlas:

• Salmo 36:5-9; Efesios 3:16-20. Mi primera necesidad es el amor de Dios. Ese amor es abundante y más que suficiente para mantenerme contenta. Aunque sólo puedo ver mis necesidades físicas, Dios conoce muy bien mi necesidad espiritual y la llena de formas sorprendentes.
• Juan 10:10. Cristo no vino a robarme la diversión, como nos hacen creer algunos. La vida cristiana está llena de satisfacciones.
• Filipenses 4:19; 2 Corintios 9:8. Dios no sólo tiene la riqueza y el poder para cubrir mis necesidades. También me da más de lo que necesito con el propósito de que yo misma pueda dar a otros (a veces mi mayor excusa para no dar al necesitado es que no tengo suficiente para mí misma).
• 2 Pedro 1:3-11. Una vida completamente satisfecha es una vida de plenitud espiritual. Esforzarme en conocer a Cristo y vivir de acuerdo a su Palabra da valor a mi vida.

Otra cosa que me mostró la Palabra de Dios es cuál debe ser mi actitud ante mis propias necesidades y deseos:

• 1 Timoteo 6:6-10; Proverbios 15:16-17. Cuando mi deseo por las cosas materiales me aleja del amor de Dios, debo revisar mis prioridades. Como creyente, sé que Dios puede cubrir mis necesidades físicas, mentales y emocionales, pero mi deber es no poner ninguna de ellas por encima de mi necesidad espiritual.
• Filipenses 4:11-13. Tener fortaleza espiritual me ayuda a sobrellevar cualquier situación, buena o mala, sin perder mi enfoque ni desanimarme.
• Hebreos 13:5-6; Josué 1:3-5. Dios no me desampara ni se olvida de mí. Estas dos Escrituras dicen cosas muy distintas, una manda a no amar el dinero y la otra a tomar la Tierra Prometida. Tiene mucho sentido: ¿Por qué dar la espalda a Dios para ir en pos de ídolos cuando Él me ofrece cosas mejores?

Puedo decir con orgullo que nuestras princesas estaban satisfechas. No las complacíamos en todo lo que nos pedían, pero ellas sabían que no les faltaba lo que necesitaban. Se notaba en su actitud: alegres, confiadas, cariñosas entre ellas y conmigo, no temían pedir ni les afectaba demasiado mi negativa (no es que no lloraran ni gritaran, pero no tardaban en poner su atención en otra cosa). ¡Eso me reta! Ser soltera podría hacer que me llene de rebeldía contra Dios, pero soy una princesa satisfecha. Sí, a veces soy tan caprichosa como mis abejitas, pero tengo la certeza de que mi Padre Celestial me ama; por eso procuro tener la actitud de Pablo: “A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece”.

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