La segunda característica del cristiano es su llanto, pero no es una tristeza causada por circunstancias adversas en su vida. No se trata del sufrimiento por enfermedades, luto, problemas y carencias materiales o emocionales. El cristiano que acaba de verse a sí mismo como pobre espiritual, también se da cuenta de sus debilidades y especialmente de su propio pecado. Adán y Eva, antes de la caída, eran ricos y no tenían motivos para llorar. Sus necesidades estaban perfectamente cubiertas y vivían en intimidad con Dios. Pero cuando pecaron, perdieron todo. Sin la comunión con Dios, cayeron en la indigencia espiritual. El pobre en espíritu se da cuenta de que es su pecado lo que lo separa de Dios, y siente dolor.
El apóstol Pablo lo expresó en Romanos 7:24 “¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?” Esta es la exclamación de alguien que se ve dominado por su naturaleza pecaminosa y clama, con lágrimas en los ojos, a Aquel que puede salvarlo. Este es un llanto que proviene de lo íntimo del corazón, no es fingido. El cristiano no se muestra ante el mundo como un ser triste, pero dentro de sí hay un pesar a causa del pecado, su propio pecado y el de quienes lo rodean.
Una vez más vemos el ejemplo de Jesús, quien no tenía pecados de qué arrepentirse, pero manifestaba su pena por todo el mal que veía a su alrededor. En Juan 11:35 leemos “Jesús lloró.” Solo dos palabras, Jesús lloró. A pesar de que sabía que la muerte de Lázaro era solo el preludio de un milagro asombroso, no pudo contener el llanto al ver cuánto sufrimiento causaba la muerte, la cual proviene del pecado.
La buena noticia para todos nosotros: después del llanto, vienen el consuelo y el gozo. Llorar por el pecado es una parte importante del arrepentimiento que Dios exige. Nadie puede comprender la gracia de Dios y la salvación por medio de Cristo, si antes no ha sentido el dolor por sus pecados. Volvamos a Romanos 7:24-25, “¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal? ¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!” Cristo murió por mis pecados, es mi abogado delante de Dios, gracias a él soy absuelto y hecho justo, quedo totalmente limpio para estar en la presencia del Señor. ¡Qué gran consuelo! ¡Aleluya!
Pero este consuelo y regocijo no se limitan a la conversión, sino que forman parte de la vida del creyente. Cada vez que hacemos un examen de conciencia vemos fallas, actitudes contrarias a la Palabra de Dios, pecados ocultos o persistentes. El cristiano no contempla con indiferencia su propia maldad, ni intenta justificarse. Hace como David, en el Salmo 32, confiesa su pecado delante del Señor, recibe su perdón y se dispone a alabarlo con gozo.
Haz el siguiente ejercicio: Toma un tiempo para orar, pidiendo entendimiento. Lee las siguientes escrituras: Gálatas 5:19-21; Apocalipsis 21:7-8; 2 Timoteo 3:1-5; 1 Corintios 6:9-10; Marcos 7:20-23. Examina tu corazón a la luz de esas listas de pecados. Sé sincero contigo mismo y delante de Dios. Si te parece útil, anótalo en una hoja, pero eso será para tu uso personal, nada de rituales como clavar, enterrar o quemar tu lista.
Ora por las faltas que ya superaste, dando gracias a Dios por haberte cambiado. Y ora también por los pecados que aún cometes, para que Dios te ayude a ser fiel a su Palabra y a vivir en santidad. Una vez que estás consciente de cuáles son tus debilidades, empieza la tarea a largo plazo de estudiar la Palabra de Dios con el propósito de que te transforme. Es mi oración que perseveres con la ayuda del Espíritu Santo.
Salmo 51
Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones.
Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado.
Yo reconozco mis transgresiones; siempre tengo presente mi pecado.
Contra ti he pecado, sólo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos; por eso, tu sentencia es justa, y tu juicio, irreprochable.
Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre.
Yo sé que tú amas la verdad en lo íntimo; en lo secreto me has enseñado sabiduría.
Purifícame con hisopo, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Anúnciame gozo y alegría; infunde gozo en estos huesos que has quebrantado.
Aparta tu rostro de mis pecados y borra toda mi maldad.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me alejes de tu presencia ni me quites tu santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación; que un espíritu obediente me sostenga.
Así enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se volverán a ti.
Dios mío, Dios de mi salvación, líbrame de derramar sangre, y mi lengua alabará tu justicia.
Abre, Señor, mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza.
Tú no te deleitas en los sacrificios ni te complacen los holocaustos; de lo contrario, te los ofrecería.
El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido.
En tu buena voluntad, haz que prospere Sión; levanta los muros de Jerusalén.
Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, los holocaustos del todo quemados, y sobre tu altar se ofrecerán becerros.

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