sábado, 22 de junio de 2013 | By: Unknown

La caída de la mujer

Isha, la mujer, se sentía bien consigo misma. Miraba su reflejo en el espejo del agua y sonreía. Ni siquiera sentía la necesidad de poner en orden sus cabellos, que el viento había revuelto.
Veía a su alrededor y disfrutaba la variedad de seres vivos, animales de distintos tamaños y formas, plantas de diferentes colores. Junto con el hombre, su compañero, se deleitaba descubriendo los detalles de su mundo y dándole nombre a cada cosa descubierta.
Entonces la serpiente le habló a la mujer…
La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Dios el Señor había hecho, así que le preguntó a la mujer:
   — ¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?
   —Podemos comer del fruto de todos los árboles —respondió la mujer—. Pero, en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: "No coman de ese árbol, ni lo toquen; de lo contrario, morirán."
Pero la serpiente le dijo a la mujer:
   — ¡No es cierto, no van a morir! Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal.
La mujer cayó en cuenta de que no era igual a Dios. Sus sentidos podían percibir las diferencias. Sabía que no se parecía al hombre ni a Dios ni a ningún otro ser, pero en su mundo nuevo y multicolor, eso era tan natural que no le despertaba ninguna suspicacia. ¿Acaso no era lo normal ser diferente?
Pero las palabras de la serpiente la hicieron dudar. Al compararse con Dios y pensar, “tiene algo que yo no tengo”, se sintió incompleta, insuficiente, insegura. ¿Por qué no era como Dios? ¿Qué le faltaba? ¿Cómo obtener eso?
La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que tenía buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió. Luego le dio a su esposo, y también él comió. En ese momento se les abrieron los ojos, y tomaron conciencia de su desnudez. Por eso, para cubrirse entretejieron hojas de higuera.
Ya Isha no volvería a pensar de sí misma como antes. En el corazón de la mujer se instaló la duda para siempre. El espejo ya no la inspiraba a sonreír, sino a estudiarse, a analizarse hasta descubrir algún defecto, alguna carencia. Ya no se sentía cómoda con la idea de ser diferente y no igual a otro ser. Exponer el carácter único de su persona le causaba temor. Prefería esconderse tras hojas de higuera, maquillarse, ocultar.
En mi corazón oigo la voz de Isha preguntando dónde y cómo obtener el conocimiento del bien y del mal, la sabiduría que me falta para ser como Dios. ¡Qué tarea tan inútil! ¡Si al menos mi corazón terminara de comprender que ya tengo lo que necesito, que el amor de Dios es suficiente y me hace completa!
Me miro en el espejo y trato de no pensar demasiado. Pongo mi cabello en orden y sonrío. Soy diferente, ¿y qué con eso? Si a Dios le agradó crearme así, es porque Él creyó que así estoy bien. No necesito saber nada más…

1 comentarios:

Daniela Paolillo dijo...

Excelente :D Si para Dios soy suficiente, para mí también :)

Publicar un comentario